800px-Altea__0Este título que parece más bien sacado de alguna campaña de marketing de ciudad, no responde sino al deseo de dar aquí un pequeño homenaje a esa parte de las ciudades que permanece oculta al viajero en los tradicionales folletos de promoción turística, bien por no reflejar la imagen que se quiere trasmitir, bien por tratarse de una realidad incómoda y/o poco glamurosa, pero que no por ello resulta necesariamente menos atractiva. La ciudad de Benidorm (Alicante), es en este caso y a raíz de una reciente estancia, la protagonista de este sencillo reconocimiento a esa realidad “menos visible”.

Un poco de contexto Benidorm, aunque quizá no necesite de mayores presentaciones, es probablemente el paradigma del modelo turístico de “sol y playa” que sirvió para impulsar el crecimiento económico y el desarrollo de la España de la postguerra, a costa eso sí, me corregiría alguno/a, de un impacto extraordinario sobre el patrimonio natural, cultural y social de aquellas zonas que fueron testigo de esa gran transformación. Así es que, dispuesto a conocer algo diferente de la ciudad, recalé en primer lugar en la oficina de turismo local, recurso muy socorrido en otros destinos, pero que curiosamente en este municipio repleto de turistas (segunda ciudad española en cuanto al número de pernoctaciones totales –contando turistas nacionales y extranjeros-) ofrecía una imagen contradictoria: Apenas una pequeña oficina en el centro, dos personas atendiendo y sin colas. Quizá esto responda simplemente a que la gente a Benidorm “viene a lo que viene”, como algún conocido acertó a justificar. A partir de aquí, una elección de destinos poco usuales pero no por ello menos interesantes: El Mercadillo de Foietes, una forma de comercio que subsiste en muchas de nuestras ciudades y que, también en Benidorm, desprende un singular atractivo; y la Serra Gelada o Sierra Helada, una de esas pequeñas joyas que se ha logrado preservar en un contexto de crecimiento urbano desproporcionado del que ha sido testigo (y protagonista) en particular Benidorm.

El primer punto de visita no figuraba en los folletos de promoción turística, el segundo sí pero no parecía estar entre los ‘inputs’ más conocidos de la ciudad, no en vano tuve que preguntar expresamente para recibir información, eso sí, perfectamente presentada y editada en pequeño libro de rutas. Visita al Mercado de Foietes Amanece en Benidorm. Primera parada: Mercadillo al aire libre de Foietes.

Foietes se localiza en una explanada casi en el extrarradio de la ciudad donde se concentran pequeños distribuidores, productores de todo tipo de productos, desde pijamas o juguetes hasta frutas y verduras de temporada. Buenos precios y mejores fresas. Parece que durante las últimas semanas no se ha logrado vender todo lo que se pretendía y ahora, las rebajas han llegado. El kilo de fresas sale a 1 €. Conviene fijarse bien, en el puesto de al lado están a 1,50€.. El murmullo de la gente se mezcla con los gritos de los y las comerciantes. “Todo a 5€ bonita!” es uno de los reclamos más escuchados. “Es cutre pero funciona”, me sugiere, parafraseando a Dejan Sudjic (arquitecto y uno de los críticos más prestigiosos del mundo, según El País) en referencia al Mercado de Spitalfields al Este de Londres, poco antes de su demolición. No es un centro comercial, el suelo no está reluciente ni hay personal de seguridad, pero quizá tenga más encanto. Además, apostaría a que esta es una gran fuente de empleo para muchos/as pequeños comerciantes de la comarca, a los que, de una forma ágil y económica –intuyo-, este espacio permite acceder al mercado y ofertar sus productos sin intermediarios o sin hacer frente a los costes de un local. Simplemente llegan con su furgoneta, venden lo que pueden y se van, probablemente a otro municipio de la zona. Más allá de consideraciones estéticas por tanto, genera empleo local, contribuye a la distribución de la riqueza –léase renta- (al beneficiar a pequeños agentes en lugar de al gran distribuidor) e incluso a un balance más positivo desde el punto de vista ambiental, al tratarse a menudo de productos (los perecederos fundamentalmente) de temporada y procedentes de explotaciones de la propia Comunidad Valenciana y/o provincias limítrofes. Tras varias compras vuelta a casa para dejar las bolsas. Es el momento de la Serra Gelada. Mochila, botas y ¡en marcha! Excursión por la ‘Serra Gelada’.

El primer hito en el camino, el Rincón de Loix, situado en el extremo este de la ciudad o de la Playa de Levante al que accedo a través de uno de los paisajes más conocidos de Benidorm, su paseo marítimo. Pubs abarrotados de turistas, salpicados por cafeterías para jubilados/as, ejemplo de vitalidad a ritmo de paso doble, tiendas de accesorios para la playa e indumentaria ‘low cost’. He estado aquí varias veces en mi vida y juraría que no ha cambiado demasiado en los últimos 10 o 15 años. Ni siquiera su apuesta por un urbanismo del “todo es posible”, con una presencia abrumadora de grandes edificios de hoteles y apartamentos herencia de un pasado que ha distinguido a Benidorm como la meca del turismo a gran escala. Un pasado que a veces sigue siendo, lamentablemente, presente, con la construcción en marcha de sendas torres en el propio acantilado junto al Rincón de Loix, de 22 plantas, cuestión que no ha estado exenta de polémica.. Precisamente las bordeo para coger la carretera que sube hacia uno de los accesos a la Serra Gelada. Espacio declarado por cierto Reserva Natural en el año 2005, convirtiéndose en el primer Parque Natural de ámbito marítimo-terrestre declarado por el gobierno autónomo de la Comunidad Valenciana con 644 ha. de terreno y otras 4920 ha. de superficie marina.

He elegido el “Itinerario Azul” tal como se lo denomina en la información turística, hasta la “Punta del Cavall” o “Punta de Escaleta” en el extremo oriental de la Serra Gelada. Este recorrido parte de las colinas más cercanas por donde trepan diversas urbanizaciones -a los pies de la Cala Almadraba y Tí Ximo- hasta una torre de vigilancia del siglo XVII. La pista asfaltada llega aquí hasta apenas 15 metros del agua, lo que parece reflejar un excesivo celo a la hora de hacer accesible este lugar a los turistas y la maquinaria de limpieza, reclamo que por otro lado, contrasta con la escasa afluencia de gente, apenas una pareja, a pocos minutos a pie de una playa (Levante) repleta de turistas toalla en ristre.

Algo que llama sin duda la atención, pero que probablemente no es sino muestra del escaso conocimiento/interés del turista-tipo que vista Benidorm por este entorno y no digamos de la propia Serra Gelada, a cuyas puertas ya me encuentro. Pese a ello, el trayecto supera sin duda las expectativas, con una estampa de acantilados y mar turquesa que no dejan a uno indiferente. Una vez alcanzado el torreón “se contempla una de las mejores vistas de los acantilados de Serra Gelada” como bien advierte la guía. No resulta aquí tan difícil imaginar el Benidorm previo al boom turístico y lo que quizá hubiera podido ser si se hubieran sabido hacer las cosas de otra manera…

Moraleja: He aquí en definitiva dos ejemplos de lugares “no visibles”, que en mayor o menor medida pasan desapercibidos tanto para el viajero, como incluso a veces para el local. Lugares que a menudo no aparecen en las campañas de promoción de una ciudad pero que reflejan la ciudad real, “lo que se es”, esencia misma de lo que distingue realmente unas ciudades de otras. Sirva por tanto este articulo de invitación a “conocer” esa realidad a veces inexplorada de nuestras ciudades, que nos permita ser conscientes de lo bueno y lo menos bueno, enriqueciendo en todo caso nuestra experiencia de ciudad, que, mejor o peor, será auténtica, real al fin y al cabo.

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