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El éxito turístico puede hacer de las ciudades parques temáticos en los que los propios ciudadanos se sienten fuera de lugar o desplazados de sus zonas más nobles. Lo podemos observar en Venecia, Praga, Barcelona, o en la Parte Vieja de Donosti, sin ir más lejos. La apuesta por un determinado modelo de turismo de masas, que sustituye el comercio de proximidad por tiendas de souvenirs y establecimientos de ocio dirigidos al “turisteo”, crea el peligro de desnaturalizar la ciudad y hacer que pierda el carácter propio que debiera ser parte de su atractivo. Ante este problema, así como ocurre en Barcelona, desde el Ayuntamiento de Ámsterdam se plantean medidas para reducir la presencia masiva de visitantes, informa El País.

 

La capital holandesa recibe 17 millones de turistas al año y las previsiones apuntan a 30 millones en 2025, demasiados en comparación con una población de 800.000 dentro de los términos municipales. Entre las propuestas planteadas están limitar el máximo de días que se puede alquilar un piso a turistas – de 60 a 30 días – y reducir el número de festivales y certámenes que se celebran en la ciudad. Otro ejemplo reciente, a otra escala urbana, es el de los hermosos pueblos de las Cinque Terre en Italia, que habían perdido su característica tranquilidad y temían por su supervivencia cultural por la llegada masiva de visitantes. Las autoridades han establecido un número máximo de visitantes para el próximo verano – una vez alcanzado, se cerrarán los accesos por carretera-.

 

Mas allá de establecer límites numéricos, resulta necesario apostar por un modelo de turismo sostenible que proteja la identidad propia y el bienestar de los residentes, en la que los propios ciudadanos sean protagonistas de la actividad de la ciudad, y en la que dicha actividad genere una “experiencia de la ciudad” que sea un atractivo para el visitante deseado.

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