‘Si creen que el conocimiento es caro,
piensen cuánto puede costar la ignorancia

Abraham Lincoln

2965137520_246a72592b_bEl desarrollo científico y tecnológico, con sus constantes avances a lo largo de la historia, ha contribuido a configurar el progreso social, cultural y económico que hoy conocemos en el mundo occidental. Su aportación es indudable en cuanto a mejoras materiales derivadas del desarrollo de telecomunicaciones, transporte, fabricación, construcción, energía y así hasta un sinfín de ámbitos del saber. Sin embargo, la Ciencia y la Tecnología también poseen una dimensión antropológica y cultural. La cultura es un modo específico del モexistirヤ y del モserヤ como sociedad y el proceso científico y tecnológico es un factor que genera un impacto significativo en la configuración de los patrones culturales de la misma. La mayor o menor inversión histórica de un país en Ciencia y Tecnología se configura en la actualidad como un elemento esencial para medir su auténtica calidad intelectual como grupo humano. De forma complementaria, por tanto, el cuidado y atención de los códigos primarios de la Ciencia y la Tecnología, esto es, el impulso a la Investigación Básica, contribuye también decisivamente a la sostenibilidad y capacitación del propio esfuerzo del sistema científico y tecnológico. El impulso de la Ciencia y la Tecnología no puede ser, por tanto, una iniciativa aislada. Conseguir un potente crecimiento económico, unos parámetros ambientales envidiables o unas instituciones científicas y tecnológicas de referencia mundial no son objetivos en sí mismos, sino medios, herramientas e instrumentos al servicio del crecimiento social de la comunidad.

En la actualidad asistimos a un cambio estructural del modelo económico y de los equilibrios entre las distintas fuerzas políticas, sociales y económicas a nivel mundial. Coincidiendo con la entrada de siglo se están produciendo profundas transformaciones en la economía global, vinculados a la creciente interdependencia comercial, financiera, tecnológica y cultural. Una de las primeras implicaciones de este planteamiento pasa por la necesidad de un claro y valiente モredimensionamientoヤ de la competitividad y de las estrategias de promoción de la ciencia y la tecnología. La sociedad vasca debe seguir apostando por esa vocación por la I+D que comenzó a desarrollar hace un par de décadas, pero debe hacerlo con un impulso claramente superior porque ahora el modelo de producción deseado sitúa el conocimiento y la tecnología como eje principal de su competitividad y porque el entorno científico-tecnológico internacional es mucho más dinámico. Además, un desarrollo económico y un modelo social compatible con el Medio Ambiente es ya una exigencia moral para la sociedad. El actual modo de vida urbano y, en particular, las estructuras productivas, la ocupación del suelo, el transporte, las actividades de consumo y ocio, y también nuestro propio nivel de vida, nos hacen especialmente responsables de muchos problemas ambientales a los que nos vamos a enfrentar en los próximos años. Así, esos problemas a los que se enfrenta la sociedad requieren de actuaciones urgentes y decididas en materia de investigación que permitan avanzar en el desarrollo de soluciones adecuadas y específicas para la conservación y preservación de nuestro ecosistema. Cobra, también, especial importancia en este mismo sentido toda la problemática asociada al desarrollo de nuevas fuentes de energía que puedan competir con ventaja frente a las tradicionales, tanto por sus rendimientos como por su menor impacto sobre el medio natural. Contribuir a generar el conocimiento y el desarrollo necesarios para dar respuesta y solución a esta compleja problemática será, pues, uno de los  desafíos más importantes en los próximos años a nivel mundial.

Por su parte, la dimensión social del desarrollo exige también garantizar instrumentos necesarios que permitan generar nuevos conocimientos que den respuesta efectiva a las crecientes demandas de la ciudadanía hacia una mejor sanidad o un mayor bienestar social. Más aún, también a través del conocimiento avanzamos hacia un mejor entendimiento y adaptación de las necesidades marcadas por el entorno cambiante. Conocimiento para saber implicar a los jóvenes en el nuevo modelo social; conocimiento para saber integrar plenamente a nuestros nuevos vecinos procedentes de entornos económicos y políticos mucho más desfavorecidos que el nuestro; conocimiento para garantizar la plenitud humana a las personas de edad y mantener, realizando otras funciones, su papel principal en la sociedad.

Esta irrupción del conocimiento como catalizador esencial del desarrollo supone en sí misma un esfuerzo de reflexión intelectual importante. Por tanto, debemos hablar de temas como las biociencias, las nanotecnologías o las microtecnologías pero también del empeño por generar y aplicar nuevos conocimientos en otros ámbitos que permitan atacar los desequilibrios sociales y medioambientales y avanzar con paso firme hacia la sostenibilidad de nuestro sistema de actividades y relaciones humanas. La sociedad debe optar por agotar el modelo actual o anticiparse a los nuevos parámetros y pegar el salto a las primeras posiciones de la competitividad en Europa. En anteriores crisis, la falta de visión y perspectiva trajo consigo un gran desgaste social derivado de la crisis estructural a la que se vio abocada la sociedad. A diferencia de entonces, ahora disponemos de las capacidades y competencias necesarias para decidir con valentía sobre nuestro futuro competitivo. Hagamos de nuestra inversión en capacidades científicas y tecnológicas una pieza esencial de la sostenibilidad. Debemos ser conscientes que gracias a ella podemos plantearnos un mayor bienestar social, una mayor inversión en cultura y educación o la plena configuración de elementos de solidaridad intergeneracional e interterritorial. La clave consiste, sin duda, en saber anticiparse, hacer un planteamiento riguroso del proceso y tener claro el modelo de economía y de sociedad deseado.

En 1255, al aprobar el currículo de la Universidad de Salamanca, una de las más antiguas e importantes de Europa, el Papa Alejandro IV declaró: モLa seguridad de los reinos reside en la multitud de los sabiosヤ. Decretó que cualquier profesor admitido en Salamanca era libre de enseñar su materia en cualquier otra universidad de Europa. Comenzaba así el lanzamiento de la economía europea del conocimiento. Ya en nuestros tiempos, en la Declaración de Río de la Cumbre de la Tierra de 1992 se cita expresamente el intercambio de conocimientos científico-tecnológicos y la intensificación del desarrollo de tecnologías innovadoras como medio para lograr un modelo de desarrollo que responda equitativamente a las necesidades de las generaciones tanto presentes como futuras. Esta mención es importante por cuanto supone un respaldo a los que habían apostado ya por el desarrollo tecnológico como instrumento válido de progreso social y económico. En Marzo de 2005, el presidente de la Comisión Europea, en uno de sus primeros discursos, realizó un estimulante alegato a favor del fortalecimiento de las interrelaciones entre la educación, la investigación y el conocimiento en Europa como mecanismos ciertos para el fortalecimiento de su base económica en la escena internacional. Durâo Barroso invitaba precisamente a volver la mirada siglos atrás, hacia la época en la que comenzaban a surgir las grandes universidades del momento y donde la avidez de conocimientos permitía que los grandes pensadores recorrieran Europa de un extremo a otro para trabajar y aprender juntos. El Presidente de la Comisión Europea afirmaba, en este sentido, que la búsqueda continua del saber y los descubrimientos han sido precisamente los elementos sobre los que se han definido los valores, el alma y la identidad de Europa.

Hoy día sabemos que el desarrollo de sociedades en las que se aprovechen compartidamente los conocimientos es la vía que nos permitirá luchar eficazmente contra la pobreza, prevenir graves peligros para la salud como las pandemias, reducir las terribles pérdidas humanas ocasionadas por maremotos y huracanes y promover un desarrollo humano y sostenible’. Koichiro Matsuura (Director general de la UNESCO).

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