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Hoy es el Día Internacional de la Madre Tierra, pero vivimos en un mundo tan artificializado, que no alcanzamos a entender en su totalidad el complejo y estrecho vínculo de dependencia que la Humanidad tiene con el planeta. Este va mucho más allá del impacto ambiental que generamos con nuestras emisiones contaminantes y residuos. Lo que comemos, los vehículos en los que nos movemos, los electrodomésticos y la muy diversas variedad de productos manufacturados que utilizamos, así como las casas en las que vivimos, son el resultado de complejas transformaciones de materiales y energía que nos brinda de una u otra manera la naturaleza.

En nuestro mundo altamente industrializado y globalizado, la Madre Tierra sigue siendo la garantía real del funcionamiento del sistema y si ella no es capaz de proveer las campos de cultivo, los minerales, los metales, la energía …que necesitamos, nuestra forma de vida se verá seriamente comprometida. Muchos confían en la sorprendente capacidad de los ecosistemas para renovarse, y en potencial de de la tecnología para seguir extrayendo recursos y confiar que la “Madre Tierra” pueda reponerlos, soportando el crecimiento y desarrollo del planeta como hasta ahora; en el último siglo el consumo de materiales per cápita se ha duplicado, la cantidad de energía se ha triplicado y se ha multiplicado por cuatro la población mundial.

Sin embargo, las justas e innegociables demandas de mejora de las condiciones de vida de buena parte de la Humanidad que reclama sus derechos para una vida digna, junto a la preocupante evolución de algunas tendencias socio-ambientales (proceso de cambio climático en el que estamos sumidos, las fuertes fluctuaciones observadas en los precios de las materias primas, la deforestación de selvas primarias, pérdida de biodiversidad) son señales más que evidentes de que las cosas no van por la senda que deberían y que la sostenibilidad del planeta está seriamente comprometida.

“Verdificar” nuestra economía no es sólo una ocurrencia de los ecologistas más sensibilizados es una urgente necesidad social para garantizar que nuestro planeta tiene futuro y que las generaciones que nos seguirán contarán con los recursos necesarios para desarrollarse.  Para ello, tres son los principales procesos que habrá que sincronizar. En primer lugar, es necesario avanzar en un nuevo modelo de consumo en el que “más no es sinónimo de mejor”, en el que “reutilizar es la regla y no la excepción” y en el que “no se contempla el residuo”, porque al final de su vida útil, todos los materiales vuelven de nuevo al ciclo de producción.

En segundo lugar, los sistemas de producción impulsados por el “nuevo consumidor” tienen que escapar de la espiral de innovación-consumo y caminar en la dinámica de la eco-innovación dirigida a mejorar la calidad de vida de las personas, mejorando el medio ambiente a lo largo del ciclo de vida completa de los productos y servicios.

Finalmente y casi como corolario de los anteriores procesos, tenemos que garantizar que la Tierra mantiene un balance neto de recursos, renovándose y haciéndose más rica y esto sólo es posible extrayendo menos recursos con el compromiso y la solidaridad de todos los países y muy especialmente de los países desarrollados.

Construir una Economía mundial verde capaz de atender las necesidades de la Humanidad sin dañar el planeta es el gran desafío al que se enfrenta nuestra civilización. Es un reto en el que todos estamos necesariamente involucrados y la celebración del Día de la Madre Tierra está muy bien para recordarnos amigablemente nuestras obligaciones.

 

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