Las cifras que proporcionaba estos días el Ministerio eran elocuentes. Los 65 millones de visitantes europeos e internacionales que recibió España en 2014 (un 7% más que el año anterior) dejaron más de 65.000 millones de euros. Son cifras récord en 15 años. Casi nada. Así que negocio, hay. Está claro que las grandes empresas hoteleras, las aerolíneas o los operadores turísticos se llevan el mejor trozo del pastel pero también decenas de miles de pequeños establecimientos hosteleros consiguen atrapar parte del botín. Entre todos dan empleo a millones de personas y proporcionan bienestar y felicidad a todos esos visitantes. Esta idílica coyuntura está permitiendo, además, un respiro para miles de personas que encuentran en el turismo una forma, siquiera temporal, de acceder al trabajo y recuperar muchos la dignidad como ciudadanos que les fue arrebatada de un plumazo por la profunda crisis económica que soportamos. Desde el punto de vista del Planeta, además, la concentración masiva en un reducido espacio geográfico de tantos millones de personas afinadas temporalmente en grandes ciudades-contenedor no deja de ser, paradójicamente, bastante sostenible.

Entonces, ¿todos contentos? Pues sí. Todos aquellos que valoran en cero su entorno natural, tienen razones para estar contentos con el modelo turístico español. Todos aquellos que aprovechan la oportunidad de ocupar a precio de saldo a los millones de jóvenes (hasta un 22%) que no tienen ningún tipo de formación, tienen razones para el optimismo. Todos aquellos que ven que la mejor forma de gestionar el turismo en su ciudad consiste en convertirlas en parques temáticos irreconocibles e impracticables para sus propios ciudadanos también tienen grandes motivos para estar satisfechos. En definitiva, todos aquellos que no quieren complicarse mucho la vida avanzando hacia un nuevo modelo económico, social, cultural y ambiental, tienen razones para estar contentos. Los demás, ante estos apabullantes datos, tenemos una sensación un tanto agridulce.

 

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