Seguramente estas notas parecerán algo naif, pero no me resisto a compartirlas. Ante la abundancia de promesas sofisticadas alrededor de la idea de la ciudad inteligente, proponer hechos cotidianos como prueba de que la ciudad inteligente desborda la idea de las tecnologías puede parecer una ligereza.

Pongamos el caso del transporte público. Nos esforzamos por crear soluciones que automaticen los procesos de información en tiempo real a los usuarios, ofreciendo pantallas, aplicaciones móviles para conocer el tiempo de espera, actualizando mapas para situar la flota en la ciudad, sistemas de aviso por SMS, etc. Queremos información instantánea en tiempo real para tomar la decisión de coger el autobús en una parada o en otra, acelerar el paso para intentar llegar a tiempo a su paso.

Y una mujer ve el autobús en la parada y empieza a correr para tratar de alcanzarlo. ¿Llegará? ¿Corre porque ha mirado su móvil y le ha avisado de que el autobús está a punto de salir? No, simplemente, lo tiene a la vista y ha notado que todos los pasajeros que esperaban ya han subido. Son apenas 30 metros que separan la distancia temporal de tener que esperar 30 minutos al siguiente. Y alcanza a subirse al bus, gracias a dos comportamientos inteligentes: un grupo de chavales se han apartado al verla empezar a correr, facilitándole así su recorrido acalorado. Y una señora, que esperaba otro autobús, se ha acercado al bus a punto de marchar y le ha pedido al conductor que espere, señalando a la mujer a la que le quedaban apenas 10 metros cuando el autobús parecía acelerar.

Un metro que llega. Las pantallas digitales anuncian que está a punto de reanudar su marcha. Pasajeros acelerados pasan sus tickets con información “invisible” sobre el tipo de billete, la estación de origen, la tarifa que han pagado. Algunos incluso acercan su tarjeta inteligente, que incluye un sistema de conexión con su banco para pagar los viajes sin preocuparse de recargarla o de comprar billetes. Cuatro puertas de salida, que sólo se abrirán si el pasajero tiene su billete válido. Son las cuatro mismas puertas disponibles para entrar. Treinta personas salen, ocupando todas las puertas, imposible entrar para las dos personas que han visto desde fuera cómo llegaba el metro. Perderán el tren, incluso ahora que tienen su tarjeta inteligente. Pero de entre los que salían, una persona se ha detenido y en lugar de validar su ticket de salida, ha decidido liberar esa puerta, hacer que los que están detrás de ella esperen, para poder dejar pasar a esas personas que querían subirse al tren. Estas dos personas, finalmente, consiguen subirse al tren, sin saber muy bien como han conseguido hacerlo.

Un semáforo en rojo para los peatones. Con sus LEDs y automatizado desde un centro de control integrado del transporte de la ciudad. Un joven espera a que se ponga en verde para poder pasar, en una vía por la que circulan coches a unos 50 km/h. Espera y nota, por instinto, que un niño pequeño se acerca. Mecánicamente, casi sin pensarlo, extiende su brazo y detiene la carrera del niño, a punto de cruzar el paso de peatones. No sabe muy bien qué le ha hecho extender la mano, pero mientras lo piensa, el semáforo se pone en verde y empieza a andar, mientras los abuelos del niño se acercan y le explican al niño que no vuelva a soltarse de su mano.

Nueve de la noche, hora de bajar la basura. El contenedor amarillo rebosa de residuos. El hombre duda: ¿dejo la bolsa al lado del contenedor? ¿La dejo en el contendor azul? Lo piensa un segundo más. Decide volver a subirla a casa y probar al día siguiente.

Un parque de juegos. Un caos de gritos, bicis, balones, críos corriendo y adultos charlando en diferentes círculos. Nadie lo sabe, pero una niña llora porque no encuentra a su madre y en el otro lado del parque, un padre busca inquieto a su hija, que hace un tiempo que no la ve. Es un parque con poca iluminación, pero al menos hay cámaras de seguridad. Un chico cruza rápido el parque, tiene prisa. Pero ve a la niña y se para. Habla con ella, descubre que está perdida. Es un adulto, un extraño, hablando con una niña. Se queda con ella hasta que aparece su padre que, asustado, apenas alcanza a dar las gracias al joven mientras este se marcha mirando su reloj. Llegará un poco más tarde a su cita.

En cualquiera de estas situaciones, y cada vez, la tecnología está presente. No la tecnología a la que hoy llamamos smart, sino artefactos en el sentido más amplio. Un banco en la calle también es tecnología. La promesa smart -en tiempo real, ubicua, etc.- es sólo un aditivo que podemos sumar gracias al adelanto técnico. Pero en ninguno de los casos es decisiva para resolver circunstancias cotidianas, vivencias reales de personas que comparten la vida en la ciudad y dan soluciones reales a otras personas que viven en esa misma ciudad. Cuando escribía que la inteligencia de la ciudad está en la calle, en parte hago referencia a estas situaciones. No es una contraposición a la sofisticación tecnológica. Al contrario, es el recordatorio de que esta sofisticación necesita tener en cuenta la vivencia cotidiana en la ciudad para no caer en la trampa del determinismo tecnológico ni pensar que la tecnología solucionará el día a día de la gente.

Todos los días, en cada calle, miles de actos voluntarios e involuntarios facilitan (o dificultan) la vida. La actitud del cuidado y la conciencia de estar compartiendo un mismo espacio son, en todos los casos, lo más relevante del desenlace de la historia. No sé si son comportamientos inteligentes, pero sí son relevantes. Incluir estas claves en el diseño de soluciones tecnológicas para el funcionamiento urbano es clave para que estas soluciones estén orientadas al usuario, estén dimensionadas al alcance real de los límites que la solución tecnológica puede ofrecer, sean entendibles y tengan una función urbana útil. Incluir este tipo de claves en la implantación en la ciudad de proyectos tecnológicos ayudaría a entender mejor cómo funciona la ciudad, cómo se comportan los ciudadanos y cómo integrar la impredecibilidad como algo consustancial a la vida urbana.

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