El Protocolo de Montreal, acuerdo internacional firmado en 1987 para evitar la producción de sustancias químicas responsables del agotamiento del ozono en la atmósfera, está mostrando sus frutos. Un estudio demuestra que el agujero en la capa de ozono se está rellenando de manera consistente, con lo que los esfuerzos internacionales tomados en los años 80 sirven de ejemplo para dar respuesta a otros acuciantes problemas medioambientales a los que nos enfrentamos hoy a nivel global.

 

Durante los 70 y 80, el mundo se concienció de que la producción y consumo de clorofluorocarbonos tenía un efecto muy negativo sobre la capa de ozono en la atmósfera, lo cual facilitaba la llegada de radiación ultravioleta a la Tierra, con el consiguiente perjuicio sobre la vida. Esto llevó a la firma del Protocolo de Montreal, pero durante estas últimas décadas ha sido complicado demostrar los efectos deseados sobre la atmósfera, pues el ozono se produce en la estratosfera a un ritmo muy lento. Esta dificultad ha hecho que se dudase de la utilidad del Protocolo, y se cuestionarán otras iniciativas similares, por ejemplo, en contra de los gases de efecto invernadero.

 

A principios de esta década la NASA lanzó el satélite Aurora especificamente para monitorizar los componentes químicos de la atmósfera. Los datos recabados por Aurora muestran que el nivel de clorina está disminuyendo en la estratosfera de la Antártida, y que la destrucción de ozono se está reduciendo en conjunción, por lo que el Protocolo de Montreal está funcionando.

 

 

 

 

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