Vivimos de espaldas al entorno natural que nos circunda, y que nos ha proporcionado la capacidad de evolucionar y subsistir desde siempre. Hoy, no es más que un desierto entre oasis, un mar entre islas, un pequeño paisaje de transición entre nuestras ciudades. Sigue latente esa arrogancia contemporánea por querer gestionarlo todo, incluso la indomable Naturaleza, no vaya a ser que una raíz supere el límite impuesto por su techo de cemento o una mala hierba se alce en un rasurado jardín.

Durante muchos años, la Naturaleza crecía a nuestro lado y se le otorgaba el valor que le corresponde. Un valor cercano que se sentía en el día a día por la relación con ella, por la leña, el resguardo, la comida y su esplendor. El boom industrial y los desarrollos urbanísticos acompañados de la irrupción tecnológica y la globalización nos han alejado de la Naturaleza, amurallándonos ante ella, que lucha incansable por reconquistar el lugar que le pertenece.

A menudo se nos olvida que somos parte de un ecosistema complejo y que nuestro estilo de vida altera el equilibrio del territorio. El cambio climático, la contaminación, las olas de calor, inundaciones y sequías son la consecuencia de haber alterado el equilibrio de los ecosistemas. Y la base de ese equilibrio es la Naturaleza. Debemos aprender a coexistir con el entorno natural, para restaurar el desequilibrio ambiental. La mejor manera de hacerlo es favoreciendo la entrada de la Naturaleza en nuestro fortín, permitiendo que reconquiste nuestros espacios urbanos. Debemos adaptarnos al medio y regenerar nuestros entornos urbanos bajo el binomio Naturaleza-Ciudad como vía para la restauración del equilibrio medioambiental.

Juan Iglesias
Urbanista Ambiental

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