3384891934_859459b9f5Ayer, Karmele Llano (Veterinaria de International Animal Rescue y con más de 8 años de experiencia en protección del hábitat del orangután en Indonesia), Eneko Garmendia (del grupo de investigación de Economía Ecológica), Arantxa Acha (de UNESCO, Jakarta) y Paul Nicholson (EHNE, la asociación de agricultores vascos) nos trajeron noticias frescas de aquel país tan lejano pero al que sin saberlo estamos tan unidos.

La mayoría de la población vasca relaciona Indonesia con surf, selva, paraíso… ayer este grupo variado de ecologistas y profesionales del medio ambiente trataron de añadir un nuevo elemento a la lista: deforestación.

No me gusta tratar las noticias ambientales en tono alarmista, ni sensacionalista, pero la situación particular de  Indonesia es agónica. Hacía igual dos años que no veía a Karmele, más de tres de mi viaje a aquellas tierras y la pregunta  “qué tal todo por allí” se me volvía  complicada de hacer, aquello sabíamos que lo dejamos en un punto de no retorno.

Alguien un día, desde la Unión Europea, decidió que los biocombustibles serían la solución para reconducir nuestro modelo insostenible de consumo energético y paliar la crisis cilmática. Así, se marcaron unos objetivos optimistas: un 10% del consumo energético en materia de transporte para el 2020 en Europa provendrán de bio-combustibles. En materia de medio ambiente, como en Euskadi (para lo bueno y para lo mano) siempre nos gusta a la cabeza, la nueva estrategia energética de euskadi para 2020habla de objetivos del 10% para 2020.

Aquí entra en juego Indonesia (pero también otros países como Brasil) cuando alguien se percató que las importaciones de aceite de palma (para Biocombustible) en Euskadi aumentaban exponencialmente y que el 96% de estas venían de dicho país. Aquí es donde Eneko y su equipo de la UPV-EHU iniciaron un trabajo para estudiar “Las importaciones vascas de aceite de palma y sus impactos en Indonesia” en el marco de un proyecto más ambicioso: BIORES. Un estudio sobre la deuda ecológica del País Vasco y sus impactos en la biodiversidad en los países de origen, centrado en tres ámbitos: producción de estaño en Bolivia; la pesca de atún en el pacífico y el monocultivo de palma para aceite de palma en Indonesia.

La verdad que nos quedamos con ganas de preguntar a Eneko sobre el resto de impactos pero la tarde se centró en Indonesia.

Durante el encuentro de ayer asistimos a un baile de cifras que no dejarían indiferentes a nadie: 11 millones de hectáreas ya deforestadas en Sumatra y Borneo, que se estima que aumenten a 20 millones de hectáreas más para 2020, ayudadas a digerir con dosis de realismo en forma de fotografías y escenarios.

Indonesia siempre ha sido (junto a países como Brasil) una patata caliente en las cumbres climáticas que nadie sabe cómo tratar, qué hacer, pero que nadie quiere que le explote en las manos.  Se trata de un país con una de las mayores tasas de deforestación del mundo (junto a Brasil); el tercer país (solo detrás de EEUU,  China) en emisiones de efecto invernadero (debido precisamente a la deforestación); uno de los países con mayor biodiversidad albergando especies endémicas, a la vez que en sus selvas habitan los últimos ejemplares de orangután.

Las últimas selvas primarias del planeta y sus habitantes, atienden atónitas a cómo desalmados capitaneados por la corrupción incendian el país (en el año 97-98 durante el fenómeno del niño se quemaron más de 5 millones de hectáreas para dar paso a plantaciones de palma) para la plantación de monocultivos de palma

El proceso (simplificado) es el siguiente: gobiernos locales o regionales previo pago, adjudican concesiones de terreno a las empresas aceiteras (de dudosa procedencia y con bandera Malaya o  China). Muchas veces estas tierras pertenecen a tribus locales muy arraigadas al bosque y que viven de la explotación de los mismos y de la etnobotánica. Lo que está creando conflictos sociales y económicos en la zona. Poblados enteros se ven obligados a desplazarse, pierden sus tierras y por tanto su sustento. Esta vulneración de los derechos humanos y las consecuencias irreversibles de lo que estamos provocando en Indonesia parece que empieza a preocupar a la comunidad internacional.

Desde hace unos años Europa conoce lo que ocurre allí, lo cual ha puesto oficialmente en entredicho sus propios objetivos poniendo hincapié en la procedencia y producción de estos biocombustibles en los países de origen, pero esto no es suficiente.

El aceite de palma sigue llegando a nuestros depósitos de combustible, a nuestras bocas a través de la industria alimentaria en forma de galletas, chocolates (al puerto de Rotterdam llegan numerosos barcos procedentes de Indonesia para abastecer a empresas como Unilever). Mi pregunta entonces es ¿a qué estamos esperando? Y no va precisamente a la sociedad (que eran los que ayer interesados atendían las palabras y los resultados de las  investigaciones de Karmele y del resto) sino a los que nos gobiernan, a la comunidad internacional que tiene una responsabilidad sobre esto. Hablo de Euskadi, de España, de Europa porque mientras sigamos generando demanda, Indonesia seguirá respondiendo con oferta.

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