Foto11Los escaños conseguidos por los Verdes alemanes han venido como agua de mayo en estos tiempos de cólera imperial. El valor político de esas actas de diputado es sin duda enorme. Van a permitir, en primer lugar, que el país económicamente más importante de Europa siga gobernado por una coalición que se ha desmarcado claramente de los planes militaristas sobre Irak que se están fraguando en Washington.

 

Van a favorecer que la expansión de la Unión Europea hacia el este se haga con un gabinete ecologista y de izquierdas gobernando el corazón de Europa central. Van a contribuir de manera decisiva a que el centro de gravedad político del Consejo de Europa no acabe totalmente escorado hacia la derecha. Van a facilitar que la política ambiental europea no pierda momento, calado, ni ambición tras la resaca de Johannesburgo.

 

En estos momentos de sereno júbilo por los resultados electorales de los Verdes en Alemania, recuerdo que todavía hace poco tiempo abundaban quienes afirmaban que el ecologismo era una moda pasajera. Para su sorpresa, si hoy se celebrasen elecciones presidenciales directas en la Unión Europea, el antiguo sesentayochista, ecologista y pacifista J. Fischer podría ser presidente de la Unión. Alguien a quien hace escasos meses diversos medios de comunicación de su país trataron de linchar políticamente ante la opinión pública por “la vergüenza” de haber lanzado piedras a la policía hace 30 años, cuando era un joven rebelde fogueado en las revueltas sociales de la época.

 

Escasas semanas antes de las elecciones alemanas, finalizaba la cumbre de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible. A la hora de valorar los resultados de la cita de Johannesburgo se han vertido gruesos epítetos – fracaso, incumplimientos de expectativas y falta de resultados. Si consultamos las hemerotecas de los últimos diez años, veremos que la valoración de los resultados de las cumbres intergubernamentales suele ser, casi sin excepción, muy negativa por parte de determinados movimientos sociales y de algunas ONG ecologistas. Ser hiper-crítico con los resultados de las cumbres se ha convertido para algunos en un nuevo ritual. Así, los resultados de Kyoto y Río fueron duramente valorados en diversos foros sociales y, sin embargo, los años han mostrado que fueron eventos decisivos a la hora de situar al medio ambiente en el centro de la agenda política internacional.

 

La cumbre de Johannesburgo se ha celebrado en medio de la poderosísimacontrarreforma militarsocial y ambiental emprendida por la administración republicana norteamericana. En el Imperio sólo se escuchan tambores de guerra. La destrucción terrorista de las torres neoyorkinas ha proporcionado un inmejorable pretexto al complejo militar-industrial de ese país para alterar de forma radical el tablero de las relaciones internacionales posteriores a la guerra fría. Cuesta recordar otro momento en el que ese país se haya mostrado tan abiertamente imperial, arrogantemente unilateral y avasallador en la escena internacional como en la actualidad.

 

En ese contexto, la misma celebración de una cumbre de las Naciones Unidas en torno a temas tan alejados de la agenda política de Washington como es llevar agua y energía a los desheredados de la Tierra, frenar la destrucción de la biodiversidad, detener el envenenamiento químico o comenzar a crear espacios naturales protegidos en mares y océanos es ya en sí un hecho positivo que no debe ser minusvalorado. Acumular gruesos y despectivos adjetivos sobre la cumbre como ha hecho Jose Vidal-Beneyto – “cada vez más grandes, más costosas, más inútiles, más perversas (es el) destino ineluctable de las conferencias intergubernamentales… En Johannesburgo se ha tocado fondo” (El País, 7 de septiembre de 2002) es en mi opinión un grave error.

 

En los cuarteles de mando y think tanks del neoliberalismo más conservador se vería con muy buenos ojos que las cumbres intergubernamentales fueran sencillamente suprimidas y que las mismas Naciones Unidas quedasen vaciadas de contenido hasta verse convertidas en decorados de cartón piedra. Qué mejor argumento para ello que su carácter “inútil, costoso y perverso”. Conviene no olvidar, sin embargo, que las cumbres sobre medio ambiente y desarrollo proporcionan algunos de los muy escasos foros en la que los países pobres de la Tierra tienen ocasión de que sus voces sean escuchadas y sus demandas, si quiera parcialmente, atendidas.

 

De entre los múltiples aspectos que se podrían destacar de la cumbre, quiero resaltar un acontecimiento que en mi opinión puede ser recordado en el futuro como un importante punto de inflexión. El acuerdo entre el World Business Council for Sustainable Development (WBCSD) y la organización ecologista internacional Greenpeace en torno a la urgencia de actuar ante el cambio climático. El WBCSD se define a sí mismo como la coalición de 160 empresas multinacionales, unidas por el propósito compartido de avanzar hacia el desarrollo sostenible a través de sus tres pilares: crecimiento económico, equilibrio ecológico y progreso social. Sus miembros proceden de más de 30 países, pertenecen  a 20 grandes sectores industriales y agrupan a unos 1.000 líderes empresariales de todo el mundo.

 

El WBCSD es la organización que ha articulado y que más ha divulgado el concepto de responsabilidad social corporativa. Ese concepto sitúa a la empresa privada como actor clave en el avance de la sociedad post-industrial hacia el desarrollo sostenible. Mientras que hace diez años en la cumbre Río, el WBCSD y Greenpeace se veían como enemigos irreconciliables, en Johannesburgo han firmado juntos un llamamiento alertando sobre el grave peligro del cambio climático y la necesidad de actuar urgentemente. El acuerdo envía una importante señal al movimiento social del ecologismo internacional en el sentido de reconocer  que el mundo de la empresa está llamado a contribuir de manera destacada al avance real, concreto, práctico hacia el desarrollo sostenible.

 

Esa señal es en mi opinión muy acertada porque en el ecologismo como movimiento social internacional hay corrientes antisistema en las que todo lo referente al mundo de la empresa es anatema. A sus ojos, la empresa privada y especialmente si es una multinacional es el archi-enemigo, el núcleo duro de un sistema de mercado cuya desaparición es condición sine qua non para superar la crisis ecológica global. Ni qué decir tiene que esas corrientes son minoritarias en el movimiento ecologista y conservacionista mundial, pero en latitudes como la nuestra, en el País Vasco, han alcanzado una cierta relevancia debido al peso social que en nuestro país tienen las ideologías y movimientos antisistema.

 

En Euskadi, la existencia de violencia terrorista ha condicionado de manera decisiva el surgimiento, desarrollo e identidad de los diversos movimientos sociales surgidos tras la desaparición de la dictadura franquista Buena parte de esos movimientos han quedado secuestrados bajo lo que los viejos maoistas denominarían “la contradicción principal de esta sociedad”, es decir el tema identitario. En ese contexto, la adaptación acrítica, cuando no claramente subordinada, de un sector del movimiento ecologista vasco al nacionalismo violento ha condicionado negativamente las señas de identidad y la credibilidad social del movimiento ecologista ante el conjunto de la sociedad.

 

En el País Vasco, el ecologismo debería haber sido la primer fuerza social en oponerse abierta y contundentemente a la violencia política del terrorismo. Desgraciadamente no sólo no ha sido así, sino que parte del movimiento ecologista de este país ha chapoteado durante demasiado tiempo en las aguas fangosas de la falta de principios ante el tema de la violencia.

 

El ecologismo es una afirmación de la vida y una denuncia sistemática de toda forma de muerte, atropello y destrucción de las diferentes formas que ella adopta, empezando obviamente por la vida humana. Es una celebración de la sobrecogedora riqueza vital de la Tierra, así como un compromiso noble, firme e íntegro en defensa de todos sus seres vivos, incluyendo el de las futuras generaciones. El ecologismo es un reconocimiento de la inextricable interdependencia entre organismos, especies, ecosistemas, sociedades y civilizaciones, es decir, un reconocimiento de la verdad profunda de que somos nuestras relaciones. Desde una visión ecológica de la existencia, un solo ser vivo -especialmente si es una persona – es más valioso que todas las ideologías identitarias surgidas de mentes calenturientas y de corazones helados.

 

El ecologismo no sólo debe distanciarse de quienes son capaces de matar a otras personas por no compartir sus ideas. Debe ser el primero en denunciar que no hay ecosistema más valioso que una vida humana, ni hábitat más necesitado de defensa y protección que una sociedad libre y abierta para todas las personas, no sólo en Chiapas o la Amazonía, sino aquí mismo en Bilbao, en Bermeo o en el Gohierri. Desde la visión ecologista de la existencia, matar a un semejante por un puñado de ideas es la más obscura y abyecta de las “contaminaciones” que un ser humano puede cometer. Por ello, el futuro del ecologismo como movimiento social en el País Vasco pasa inexorablemente por un presente de claridad y firmeza de principios ante el totalitarismo de la violencia.

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