881103685_3850dae1cbEn las sociedades avanzadas, salvo excepciones, parece asumida la teoría de la evolución de Darwin, cuyo elemento principal es la selección natural. Quienes no conocemos profundamente esta teoría, ni sus complementos posteriores, creímos desde niños que a la cabeza de la evolución se encontraban los humanos,  seres complejos, alejados de las simples amebas o de otros seres aparentemente minúsculos, como las hormigas. Paradójicamente, la ciencia descubre día a día comportamientos complejos y fascinantes en estos antaño seres insignificantes. Por el contrario, nos muestra actitudes  simples, atávicas y retrasadas en nosotros, antigua cúspide de la evolución.

La obstinación en la destrucción y la simplicidad de nuestros impulsos inmediatos hace dudar sobre la preeminencia de nuestra especie. No hay que buscar mucho para hallar a quienes consideran la raza humana como un agente patógeno, una especie de virus que tiene sus días contados, los de su anfitrión. Teorías como la de Gaia o viejas ideas panteístas transformadas reducen al hombre, pobres células andantes que somos, a sus justas proporciones.

Si el lector ya se ha sublevado al leer este tercer párrafo, tal vez no todo esté perdido. Entre ese cúmulo de células, un complejo de conexiones y transmisores químicos nos permite, aunque a veces no se note, algo casi mágico; comprender.
Al alejarnos de apetencias puntuales y reflexionar, podemos constatar que con la acción humana conducimos al planeta al desastre. No sólo por un arrebato nuclear, sino que a largo plazo, la selección natural puede darnos nuestro merecido.

Por eso planteamos que, desde que el hombre, además de destructor de semejantes, animales y plantas, es capaz de destruir este planeta (por ahora el único en el que sabemos vivir) se enfrenta a su mayor reto; salvarlo.
¿Creen ustedes que podrá?¿Dejaremos nuestro paso a las preparadas ratas, cucarachas o alacranes?.

Hagan juego señores, pero no apuesten muy fuerte… por si acaso.

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