motion-blur-photograph-pool-tableHace unos días escribí un posttratando de ordenar algunas de las ideas que quería compartir en un foro en el que estaba invitado (La Ciudad Humanizada) titulado El valor de lo innovador en la sociedad actual. La sesión tuvo lugar ayer en Sevilla, en el Cortijo del Parque del Alamillo, un sitio fantástico por otro lado, aunque demasiado a desmano, y escribiré este post para ordenar por segunda vez mis ideas, esta vez las que surgieron en el debate. En la sesión participamos varias personas en un modelo de diálogo abierto. Entre esas personas estaban algunas como Francisco ÁLVARO de Andalucía Emprende/CICEFélix DE LA IGLESIA, de Atributos urbanosJosé PÉREZ DE LAMA, de Hackitectura, Juan LLIMONA, de Plataforma 2i o Francisco Javier MARTÏNEZ, de Pecha Kucha/Emerg.

 

La innovación no nace de cero

Empecé avisando que no soy experto en innovación, y aún así tengo la caradura suficiente como para hablar de ella y proponer llamarla “la palabra que empieza por i“, la Palabra del Año 2008, junto a talento, liquidez e inyección, posiblemente. Y utilice dos anécdotas que ya no sé si son realmente ciertas para sugerir algunas primeras ideas:
  • Los expertos de prospectiva de Roosevelt no supieron predecir lainvención del bolígrafo, gran revolución tecnológica que democratizó definitivamente la escritura y la transmisión de conocimiento.
  • La NASA no pensó en el lápiz como solución tecnológica a la inutilidad del bolígrafo en el espacio ingrávido, cosa que los soviéticos sí supieron ver sin gastarse millones de dólares en investigaciones, como sí les pasó a los norteamericanos.

 

Con esos dos ejemplos intentaba, por un lado, hacer ver que cuesta imaginar lo que no existe, y ese es el primer valor de la innovación, creer que es posible lo que hoy no existe; y, sobre todo, algo que escuché a Ethan Zuckerman, que la innovación es muy complicada sobre un lienzo en blanco, siempre se cosntruye sobre lo que ya existe, desmenuzándolo, transformándolo, pasándolo a fase beta o hackeándolo directamente.

En el debate surgieron definiciones, desde las más tradicionales a nivel teórico o académico (“todo cambio que, basado en el conocimiento, genera valor”), hasta otras menos usuales. Yo insistí en que “hacer bien las cosas que uno sabe hacer bien” no es un mal comienzo, al menos para avanzar hacia innovaciones incrementales.

¿Separar innovación social e innovación empresarial?

Por un lado, se cumplieron mis expectativas en relación al título; tan abierto que muchas ideas -demasiadas, quizá- podía caber en el debate; y tan ambiguo que cualquier idea podía estar fuera de lugar. Sentados en la mesa había paradigmas contraculturales y paradigmas institucionales, conocimientos desde la práctica empresarial y desde la teoría académica, intervenciones desde dentro del sistema e intervenciones desde o hacia fuera del sistema. O, visto de otro modo, una oportunidad para poner en común perspectivas que a veces no llegan a tocarse, o un diálogo de sordos, que elija cada uno. Yo, en mi caso, intenté a lo largo de la sesión encontrar puntos de encuentro -cuando los hay- y entre unos y otros conseguimos al final tener alguna sospecha razonable de cómo encajar dos conceptos que sobrevolaron todo el debate: la innovación social y la innovación empresarial.

 

 

Diseccionando la innovacion social y la innovación empresarial

 

Así, propuse construir un paralelismo entre los tipos de innovación social y de innovación empresarial (si es que son algo diferente, que también es para pensárselo mucho). Para los tipos de innovación social utilicé una tipología que recordé de Iñaki en Administraciones en Red (Innovación social: el factor ideológico):

  • Innovaciones instrumentales
  • Innovaciones finalistas
  • Innovaciones en los mecanismos de decisión
Su paralelismo en la innovación aplicada puramente a la empresa se me ocurrió que fuera esta:
  • Innovación de proceso: cambiamos la forma de hacer las cosas.
  • Innovación de producto: cambiamos las cosas en sí mismas.
  • Innovación de organización: cambiamos quién hace las cosas.
En los tres casos, es la tercera categoría la que más problemas genera, la que más barreras tiene para el cambio. En el caso de la empresa, porque sugiere que las empresas quizá ya no valgan como muros cerrados, como estructuras homogéneas de lealtades fuertes y para toda la vida, porque la forma de organizar los proyectos empresariales cada vez serán menos en forma de empresa y más en forma de otros engendros que hoy sólo estamos tratando de inventar. Julen contaba muy bien hace unas semanas esta intuición en Idea radical: destruir empresas. Si nos situamos en el campo de la innovación democrática, estaremos hablando de esa tercera categoría de la innovación social de alguna manera. Participación real, transparencia radical, trabajo institucional en red, reinvención de los proceso de decisión y deliberación pública, construcción de ciudadanía, etc. Ya hemos ido comentando algunos ideas sobre estos temas últimamente. Y si nos situamos en la tercera categoría de la innovación empresarial, estamos acercándonos a la dilución progresiva de las empresas tal como las hemos conocido, posiblemente más fácil de alcanzar en unos sectores que en otros; avanzando hacia empresas líquidas o licuadas, con paredes permeables, con puertas de entrada y salida para las personas, las ideas y los proyectos. Es en el concepto de proyecto es donde veo que pueden llegar a confluir la innovación social y la innovación empresarial.

 

Un proyecto tiene lugar dentro o fuera de una empresa, unos ratos dentro y otros ratos fuera, a veces con gente sólo de la empresa y otras veces contando con gente de fuera de la empresa, a veces con criterios empresariales y a veces dando entrada a ánimos no mercantiles o de lucro, unas veces con fines de explotación industrial y otras veces con fines de generación de beneficio social,…y siempre con las personas como protagonistas, las personas y sus ideas, las personas y las redes en las que se desenvuelven.

 

 

Y una nota al margen que comentó Félix: en ambas categorías tenemos la disyuntiva, ¿la empresa/la ciudad como centro de producción o la empresa/la ciudad como centro de innovación?

 

 

El papel de lo periférico

 

Otro de los aspectos que me surgió en el debate, posiblemente por el tipo de perfiles que estábamos en la mesa, fue el de la periferia y las innovaciones que se producen en la periferia; la periferia del pensamiento, la periferia de los avances tecnológicos, la periferia contracultural, la periferia urbana, la periferia de las empresas. Y el stablishment lleva muy mal las periferias. ¿Es siempre periférica la innovación? ¿Tienen sitio las vanguardias en las empresas? ¿Y en las ciudades?

 

 

Y total, ¿cuál es el valor de lo innovador?

 

Se mencionó bastante la palabra “valor”, pero prácticamente ninguna en plural, “valores”. Y el plural cambia mucho las cosas, cambia la perspectiva en gran parte. ¿La innovación tiene un valor o ES un valor? ¿Es un valor neutro, positivo o negativo en función de sus aplicaciones empresariales o sociales? La investigación nuclear es un buen ejemplo de este debate inconcluso. ¿Toda innovación es socialmente positiva? ¿Qué papel ocupa la tecnificación en todo esto? Obviamente, las métricas de la innovaciónempresarial están muy depuradas; pero no sé si alcanzan a medir su valor o aportación social. Quiero decir, como sospecha de nuevo: ¿toda innovación es socialmente valiosa? ¿Sólo la creatividad con valor económico tiene derecho a llamarse innovación?

 

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Imágenes de Carl Rosendahl vía WebUrbanist.

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