Definición de valoración: Reconocer, estimar o apreciar el valor o mérito de algo.

La valoración es inseparable de la toma de decisiones. Cuando tomamos una decisión significa que previamente hemos llevado a cabo un juicio de valor. Muchas veces dicha valoración ocurre en nuestro subconsciente, por lo que no nos damos cuenta de que la hemos realizado.

Un artículo científico publicado por la revista Nature en 1997, escrito por Robert Costanza y otros 12 coautores, atrajo la atención de la sociedad acerca de la valoración económica de la naturaleza. El valor de la naturaleza fue estimado entonces en 33 trillones de dólares. Años más tarde, en 2014, se publicó otro artículo actualizando dicho valor en 145 trillones de dólares.

La razón para asignar un precio a los beneficios que obtenemos del medio ambiente (los denominados servicios de los ecosistemas) es simple: el sistema económico amenaza a la naturaleza porque esta última no tiene valor monetario. Mucho de lo que nos aporta la naturaleza es “gratis”, es decir, no es tenido en cuenta por la economía de mercado; véase, por ejemplo, los servicios que nos ofrecen los bosques, basados en la regulación de inundaciones o en la purificación del aire, entre otros muchos servicios. La idea se basa en que valorar económicamente los beneficios que nos aporta la naturaleza podría estimular su protección y conservación: si algo tiene un precio, esto deja de ser invisible para los gobiernos y las empresas, pasando a ser un servicio “valorado” y “protegido” debido a su contribución a la economía y a la sociedad.

Desde la publicación del primer artículo mencionado, han sido múltiples las críticas que ha recibido la idea de poner un precio a los beneficios que los ecosistemas aportan a la sociedad, siendo las principales:

  • El sector medioambiental no debería “venderse” a una visión neoliberal de la naturaleza y al sistema económico causante de múltiples problemas sociales y ambientales: pobreza, desigualdad, cambio climático… . Basarse en un enfoque monetario para conservar la naturaleza es una decisión puramente capitalista y dependiente de un crecimiento económico insostenible.
  • Los beneficios económicos por conservar la naturaleza son menores que aquellos obtenidos por destruirla (para crear campos de cultivo, urbanizaciones…). La tasa de rendimiento ofrecida por la naturaleza será siempre menor a cualquier especulación e inversión financiera. Tarde o temprano, poner un precio a la naturaleza contribuirá a su privatización y, por tanto, a su degradación en favor de actividades económicas a las que poco o nada les preocupa el estado del medio ambiente.
  • Se deberían de proteger los ecosistemas por razones puramente morales o estéticas, en lugar de razones económicas.
  • La valoración monetaria del medio ambiente es entendida como algo insensato y muy difícil de realizar. No se puede poner un valor a algo “intangible” como es la naturaleza, la vida humana o la belleza en general.

Estos argumentos tienen gran parte de razón y la mayoría de ellos están fundamentados en el miedo; un miedo a la privatización y a la degradación de los ecosistemas en los que tanto dependemos. Un miedo y falta de confianza en el sistema económico actual totalmente justificado, ya que éste no ha demostrado ser capaz de proteger y gestionar la naturaleza de manera sostenible.

Sin embargo, llegados a este punto, es necesario aclarar el principal objetivo de valorar económicamente los servicios de los ecosistemas: la concienciación de la población sobre la importancia del medio ambiente y la consideración del medio ambiente en la toma de decisiones política.

Monetizar los beneficios que obtenemos de los ecosistemas contribuye a que personas que no estén familiarizadas con el lenguaje científico o técnico sean conscientes del gran valor que tiene el medio ambiente para la sociedad. El dinero es, para bien y para mal, el indicador más conocido y utilizado en todo el mundo. Por ello, utilizar este lenguaje puede servir para aumentar la conciencia medioambiental de las personas. Además, la valoración económica permite a los políticos y agentes responsables de la toma de decisiones conocer el valor aproximado de las tierras, usos de suelo, etc., que gestionan en su día a día. Por tanto, la monetización del medio ambiente puede utilizarse como una herramienta para mejorar la toma de decisiones política relativa al medio ambiente. 

Poner un precio a los beneficios que obtenemos del medio ambiente no implica “vender la naturaleza”. No hay que temer a la privatización en ese sentido; nadie va a privatizar y vender al mejor postor los bienes públicos relacionados con la naturaleza (el aire, el agua limpia de un río…). Es algo imposible o muy poco probable. Otra cosa son las externalidades negativas del sistema económico, pero ese es otro tema (leer más aquí). Al mismo tiempo, el discurso de qué es lo moralmente correcto debe ser paralelo, y no mutuamente excluyente, al discurso económico. Por esa regla de tres, también podría ser inmoral la protección de la naturaleza si esto implica el destierro de poblaciones indígenas, como ocurre actualmente.

No se debería tener miedo a unir la economía y el medio ambiente. Tal y como se menciona al principio del artículo, las decisiones políticas ya implican una valoración personal del medio ambiente, aunque ésta no se exprese en unidades monetarias. Por tanto, la valoración, influenciada por múltiples factores personales y colectivos, ya está ahí, de manera consciente o inconsciente. Si ya se realiza una valoración “subjetiva”, ¿por qué no ponerle un precio – aunque sea aproximado – para que nos entendamos todos y poder así poner en valor la importancia del medio ambiente?

Es innegable la necesidad de una transformación socioeconómica hacia un sistema que sepa valorar el medio ambiente como se merece. Hace falta una especie de Capitalismo 2.0, más sostenible, más amable, menos depredador. Pero, mientras llevamos a cabo dicha transformación, la valoración económica del medio ambiente puede contribuir a concienciar personas, sobre todo políticos, acerca de nuestra dependencia en la naturaleza.

Al fin y al cabo, quizás todo lo que necesitábamos era un lenguaje común.

Julen González Redín
Doctor en Desarrollo Sostenible y Medio Ambiente

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