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Con la Nueva Estrategia de Cambio Climático al año 2050, Euskadi está diseñando su contribución a la lucha global contra el cambio climático. En el primer borrador de la estrategia, Euskadi se apunta a un importante esfuerzo de mitigación de las emisiones: un 60% en 2050, respecto a las de 1990. El objetivo entra dentro de la lógica de la trayectoria de Euskadi en política climática (Plan Vasco de Lucha contra el Cambio Climático 2008-2012 ) y es coherente con los compromisos y directrices que emanan de la Unión Europea que asume un importante liderazgo global en este campo (40% de reducción en 2030 respecto a 1990 en un escenario de referencia para llegar al 80% en 2050). De este modo además, el País Vasco asume, como no podría ser de otra manera, la responsabilidad que le toca en el marco de un problema de naturaleza global del que es parte causante -en muy pequeña proporción, por supuesto- como emisor de gases de efecto invernadero a la atmósfera.

Por ello, no tiene objeto cuestionarse el objetivo –sencillamente, no hay mucho margen de maniobra – , pero sí puede ser provechoso reflexionar sobre las implicaciones económicas y sociales de esta política. Ya he realizado algunas reflexiones sobre los beneficios para la salud (aquí), pero hoy me centraré en los retos para las empresas.

La incorporación de precio a las emisiones de gases de efecto invernadero seguirá realizándose en Europa fundamentalmente mediante el Régimen Comunitario de Comercio de Derechos de Emisión (RCCDE) que obligatoriamente tendrá que ser mucho más restrictivo en la asignación de las cotas máximas de emisiones globales “cap” para que ofrezca realmente los efectos deseados. Otros instrumentos complementarios, como tasas e impuestos ambientales en sectores difusos y estrictas limitaciones para conductas que no van en la dirección que se persigue (peajes, restricciones a la circulación en vehículo privado, limitaciones al aparcamiento, etc.) serán también necesarios para conseguir los ambiciosos objetivos perseguidos.

Como a nadie se le escapa, se trata de medidas muy “dolorosas” para nuestra industria tanto en el propio sector energético (generación de electricidad mediante la combustión de gas natural), como en los más importantes sectores de manufactura con procesos de producción muy intensivos en energía como la metalurgia y la transformación de los metales, el cemento, el vidrio, el sector químico y petroquímico, la alimentación, entre otros), porque tendrán que soportar costes adicionales en sus ajustados procesos de producción y podrían afectar, si nada cambiase, a su nivel de rentabilidad y viabilidad.

Resulta muy poco probable, sin embargo, que las empresas no reaccionen frente a la política climática y sigan manteniendo su dependencia estructural respecto a los combustibles fósiles. Lo más verosímil es que siendo conscientes de lo que les viene encima, reaccionen con iniciativas audaces de eco-innovación y eco-diseño –cambios y adaptación de las materias primas, procesos más eficientes, incorporación de nuevas fuentes de energía y políticas de comercialización más verdes- que cambien completamente el panorama y ofrezcan como resultado final un tejido productivo mucho más eficiente en términos reales y capaz de mejorar su posición competitiva en los mercados medioambientalmente más exigentes.

Uniendo algunos hilos de forma inteligente, el escenario que resulta de la política climática va incluso mucho más allá y ofrece grandes oportunidades para las empresas y emprendedores. Para alcanzar el objetivo de limitar el aumento de la temperatura del planeta a 2°C en comparación con los niveles preindustriales, los países desarrollados y en cascada todos los demás tienen una labor ingente por delante: para multiplicar la implantación de las renovables, avanzar en nuevas fuentes de generación de energía, progresar significativamente en la electrificación del transporte público -ferrocarril y especialmente la carretera- ofrecer un lugar y un modelo de gestión al coche eléctrico para que ocupe un lugar preferente, impulsar un cambio radical de las redes eléctricas para posibilitar mayor desarrollo a las fuentes renovables descentralizadas, adaptar y construir viviendas neutras en carbono ….

En el País Vasco no nos ha ido mal hasta ahora y muchas empresas han crecido y se han globalizado exitosamente, aprovechando las oportunidades ofrecidas por la política climática. CAF, Irizar y una amplia gama de suministradores de piezas, equipos y componentes con el gran desarrollo del transporte público en el mundo; Iberdrola, Gamesa y Sener a la cabeza de toda una industria que se ha posicionado en el despegue de las renovables; Arteche, Velatia, ZIV y muchos otros con la profunda transformación de los sistemas eléctricos.

Ser un país industrial, por tanto, más que una excusa para defender una política climática laxa tiene que ser todo un incentivo para mirar con perspectiva y estar a la cabeza de la misma a nivel global. Los intereses e incluso la supervivencia de la industria vasca a largo plazo coinciden con los del conjunto de la sociedad vasca que apuesta por una transición hacia una economía verde, innovadora y competitiva. La aprobación de la Estrategia Vasca de Cambio Climático es un gran momento para unir fuerzas, alinear políticas y sumar capacidades, sin dejarnos llevar por las miserias del corto plazo.

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