10874355014_96c1cb10c9_nEl debate de la política industrial está servido. Rompiendo con la tradición de los últimos tiempos, Europa se ha marcado una serie de ámbitos prioritarios, en los que previsiblemente focalizará sus principales instrumentos de apoyo (Ver el documento “A Stronger European Industry for Growth and Economic Recovery” aquí). Sin esperar Bruegel, uno de los think tank europeos más prestigiosos en el ámbito económico, ya se ha posicionado y argumentado claramente en contra de esta política de “picking winners”, manifestándose claramente a favor de una política industrial proactiva, pero no dirigista (Ver “Manufacturing Europe´s future” aquí)

Desde mi punto de vista, las prioridades marcadas desde Europa tienen la virtualidad de unir prioridades políticas en torno a la sostenibilidad ambiental con potenciales oportunidades de negocio. Así, por ejemplo, si la legislación europea está ya imponiendo e impondrá en los próximos años una regulación ambiental crecientemente exigente a los sistemas de producción industrial, parece lógico que esto se tenga activamente en cuenta para facilitar el desarrollo de un mercado europeo para las tecnologías que puedan estar potencialmente implicadas por los nuevos marcos regulatorios. Este es el caso, por ejemplo, de la prioridad 1 “manufactura avanzada para producción limpia”, la prioridad 3 “mercados para productos basados en una química sin petróleo” y la prioridad 4 “construcción y materias primas para una política industrial sostenible”.

Existen, igualmente, razones de mucho peso para que Europa establezca una prioridad en lo que se ha bautizado como “Key Enabling Technologies” (micro y nanoelectrónica, materiales avanzados, biotecnología industrial, fotónica, nanotecnología y sistemas avanzados de manufactura). Primeramente, porque resulta cada vez más evidente que su implantación puede suponer una transformación radical del conjunto de la industria manufacturera tal y como la conocemos en la actualidad, permitiendo nuevas formas de producción intensivas en capital y conocimiento. Pero sobre todo, por la más que evidente deficiencia del sistema de mercado para asignar recursos públicos y privados suficientes a la investigación e innovación en estos campos todavía muy emergentes por el elevado riesgo económico y tecnológico que llevan implícito.

Europa también establece como prioridad los vehículos limpios, pero con ello no hace más que sumarse, como no podría ser de otro modo, a la apuesta de mercado ya establecida por los principales fabricantes europeos y mundiales de vehículos que están ya de lleno volcados en iniciativas comerciales en este ámbito (motores más eficientes, vehículos híbridos, híbridos enchufables y eléctricos). Finalmente, y muy relacionado con todo lo anterior las redes eléctricas inteligentes (“smart grids”) son una necesidad tecnológica y una oportunidad que surge por la previsible penetración de los vehículos eléctricos y por la propia política energética que aboga por un mercado europeo único de la energía y por un papel creciente de las energías renovables (20% en 2020) que demandan mayores prestaciones de la red para garantizar un adecuado suministro.

Así por tanto, las prioridades seleccionadas desde Europa, forman, en mi opinión, un conjunto coherente y bien seleccionado, pero el gran riesgo es que  nos lleven a confundir en la práctica estas líneas con la política industrial en su conjunto, que tiene y debe ir mucho más allá para ser realmente efectiva. El empleo y la pujanza de la industria en Europa son imposibles de recuperar sólo en base a la potencial contribución de estos segmentos prioritarios que, en el mejor de los casos, únicamente cubrirán una pequeñísima parte del PIB de la industria Europea en la próxima década; Europa se marca como objetivo que la industria sea el 20% del PIB en 2020. La aproximación tiene que ser mucho más integral y tener en cuenta el potencial de mejora y desarrollo de todos los subsectores industriales en base a la innovación.

La confusión sería especialmente grave, si las prescripciones europeas se contagian aguas abajo en las políticas industriales de los países y regiones de la Unión, apostando todos en las mismas “boutiques” para captar las recompensas del Programa Horizon 2020 y otros instrumentos que proveen de fondos en Europa, dejando sin la atención necesaria el grueso de la actividad industrial a la que ponemos, igual sin quererlo, el estigma de “perdedores”.

Por ello el reto de la especialización regional inteligente proclamada desde Europa y con una relación más que evidente con la política industrial, tendrá que ser muy bien explicada e implantada, porque podemos acabar como en otras ocasiones, olvidándonos de la economía real y haciendo castillos en el aire.

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