Siguiendo con elpost de ayer, relativo a la participación ciudadana, rescato algunos párrafos de aquel trabajo. En esta ocasión, se trata de algunos argumentos sobre la necesidad de integrar en el proceso urbanístico perspectivas ciudadanas. Eso sí, revisando este texto me doy cuenta de que, en realidad, no es este uno de los capítulos de los que me ocupé; aún así, supongo que a Antxon no le importará leer esto si algún día lo vuelve a leer.

La ciudad- además de edificios, calles, parques, monumentos, transportes, trabajo y ocio- es, ante todo, una comunidad de personas que no puede limitarse a compartir un espacio físico mejor o peor resuelto, sino que necesita compartir emociones, ideas, aspiraciones, logros…que tengan una plasmación real. La evidente carencia de la dimensión de “proyecto en el que poder participar” hace que nuestra necesidad de intervenir se vuelque cada vez más en la casa y los bienes personales, y nuestra necesidad de decidir se circunscriba a la parcela más íntima de cada cual. Todo ello se traduce en una actitud de repliegue en lo individual que favorece el incremento del número de personas insatisfechas que habitan ciudades insatisfactorias.

Los hábitats humanos proyectados por arquitectos y urbanistas no han conseguido satisfacer las necesidades y/o deseos de los habitantes a los que estaban destinados al no tener en cuenta en el proceso de diseño sus verdaderos intereses, necesidades y preferencias. Esta percepción conduce a una sensación de desapego y desarraigo y a una falta de identificación con el medio urbano.

Nuestro sistema social, basado en la concentración del poder sobre el espacio en un reducido número de personas, impide que la ciudadanía experimente la sensación de apropiación del medio. Las ciudades, cada vez más impersonales, con una excesiva cantidad de información que la población no puede dominar y una organización del espacio construido sin ninguna relación con sus necesidades y aspiraciones reales, se oponen a la apropiación del entorno, pasándose de una dinámica de solidaridad a unas estrategias individuales de supervivencia que caracterizan las últimas décadas y que originan un individualismo exacerbado que no duda en maltratar, agredir y/o vandalizar todo aquello que escapa a la gestión directa del sujeto. Resulta evidente, por lo tanto, que dejar en manos de un número muy reducido de personas la responsabilidad de decidirlo todo acerca del lugar donde vivimos está acarreando consecuencias graves tanto para los espacios como para la propia ciudadanía.

Ante esta situación, y para analizar en mayor profundidad esta problemática, parece lógico preguntarse… ¿Serían como son muchos de los edificios, barrios, parques y servicios de nuestras ciudades si hubieran intervenido en su diseño las personas que diariamente los utilizan?

Parece obvio que no se puede pretender hacer arquitectura sin contar con los hombres y mujeres, sus motivaciones y pulsiones más vitales y sin plantearnos que el sujeto y su mundo no son entes abstractos e inanimados, sino portadores de carga emotiva, simbólica, cultural, vivencial, pasional y vital que les posibilita como creadores y forjadores de su propio entorno.

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Cuando la población no participa en la transformación espacial, no sólo tiene lugar una producción del espacio de manera diferente sino que también se producen un tipo de relaciones humanas distintas que dificultan la participación en la transformación paisajística.

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La participación es necesaria como fuerza innovadora porque sólo a través de ella tenemos acceso a informaciones precisas de lo local y garantizamos la satisfacción de los actores y actrices al lograr la identificación de la ciudadanía con la actuación implementada. Asegura la “esperanza de eficacia” de nuestras acciones, nos permite diseñar acciones para el aquí y el ahora, incluye la confrontación de necesidades y proyectos, posibilita la complementación entre lo distinto, abre el campo de lo comunitario, hace aflorar la red de las redes, la relación de las relaciones y permite la comunicación directa y el intercambio informal de conocimientos necesarios para innovar.

La participación ciudadana que, en función del contexto, puede ser considerado un elemento dinamizador o amenazador de las prácticas urbanísticas o del ordenamiento territorial, ha de ser considerada como un instrumento técnico de primera magnitud que proporciona información útil al personal técnico y un elemento importante en la toma de decisiones a fin de configurar un marco adecuado a las necesidades colectivas, evitando el mero decisionismo administrativo que impone a la ciudadanía modelos ajenos a sus necesidades reales.

Permite asegurar que los problemas y soluciones consideradas y las carencias y necesidades identificadas son correctos e integra los diferentes puntos de vista, que el análisis sea más fiable al ser realizado por personas que, aún no siendo “expertos temáticos” sí ejercen de “expertos convivenciales” fruto de su experiencia vital en el medio sobre el que se pretende actuar, que se eviten o minimicen las soluciones equivocadas , que se prevean los posibles conflictos al estar presentes todas las personas directa o indirectamente implicadas y fomenta una mayor sensibilización y preocupación por parte de la ciudadanía y una mayor transparencia que mejora la imagen de la actuación política.

La riqueza real y el activo esencial de una ciudad o territorio es su gente y, ante los recursos naturales finitos, sólo cabe aprovechar el potencial casi ilimitado de las personas y su capacidad para crear redes de colaboración y confianza social.

La complejidad de los problemas a resolver y la diversidad de actores y actrices implicados hace inevitable la utilización de fórmulas participativas y públicas basadas en compromisos que sepan conjugar la legitimidad democrática de la representación con la soberanía popular generando una nueva ciudadanía, recuperando el sentido de la democracia y construyendo colectivamente las ciudades.

La ciudad es intercambio, comercio y cultura. Es concentración física de personas y edificios, diversidad de usos y de grupos. Es el lugar del civismo, donde se dan procesos de cohesión social y se perciben los de exclusión, de pautas culturales que regulan relativamente los comportamientos colectivos, de identidad que se expresa material y simbólicamente en el espacio público y en la vida ciudadana. Es, en definitiva, donde la ciudadanía se realiza mediante su participación en los asuntos públicos de la ciudad, en sus asuntos.

El desafío presente y futuro del sistema político y de la convivencia democrática no consiste sólo en recomponer su relación con la ciudadanía, sino en apostar porque ésta sea agente de su futuro individual y colectivo. Significa pasar de una conciencia de los derechos a otra de los deberes y responsabilidades a través de la asunción de un rol activo en la esfera pública.

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