2799477369_090d4a8071El “dilema del prisionero” es un juego que ilustra las paradojas que se producen en muchas de las complejas negociaciones que se dan en la vida real. El juego se describe así: dos delincuentes y compinches en la comisión de un delito son detenidos por la policía. Durante el interrogatorio, ambos se enfrentan a la disyuntiva entre cooperar con su cómplice y no confesar el delito o no cooperar, delatándole y declarándose inocente. El resultado que arbitra la racionalidad (el equilibrio de Nash) les lleva a no cooperar, con lo que ambos dan con los huesos en la cárcel (se delatan mutuamente), cuando si hubieran cooperado la situación hubiera sido mejor para los dos (óptima de Pareto): se podrían haber librado de buena parte de la pena no confesando el delito, ni delatando a su cómplice. Les cuento esto porque tengo la impresión de que las negociaciones internacionales para lograr un acuerdo post-Kioto para evitar el calentamiento del planeta recuerdan mucho al ejemplo de estos prisioneros. En este caso particular, si los países se comprometen a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, todos saldrían ganando porque se atenuaría el cambio climático y conseguirían ahorrarse buena parte de los efectos y/o de los costes de adaptación, que según todos los informes son sustancialmente mayores que el coste de disminuir las emisiones. No parece descabellado pensar, sin embargo, que en esta negociación, los países imiten la conducta de los prisioneros del dilema y opten por alternativas conservadoras “no cooperativas” y no lleguen a fijar objetivos claros ni los compromisos necesarios para que el incremento máximo de la temperatura no alcance los 2 grados que, como nos indica el IPCC, es el umbral para no afectar sustancialmente el equilibrio del planeta. Europa quiere liderar la pugna global contra el cambio climático y para ello está dispuesta a comprometerse en reducciones importantes en sus emisiones de gases de efecto invernadero. Los compromisos de Europa serían aún mayores en el caso de que fueran acompañados por los del resto de principales agentes, en particular, por los EEUU. ¿Es realmente creíble la posición europea? No cabe duda que Europa como institución manifiesta una sensibilidad especial en esta materia, como queda reflejado en los planes energéticos y ambientales con objetivos muy ambiciosos para 2020. Pero, ¿cuenta la Administración europea con suficiente liderazgo institucional y político para incidir en las decisiones y comportamiento de sus países miembros y transmitir de esta manera a sus contrapartes internacionales una postura sólida, coherente y fiable, independientemente de lo que hagan el resto de países? El caso de Estados Unidos es más complejo, porque, de entrada, no ratificó los compromisos de Kioto y su postura oficial siempre ha sido contraria a acuerdos internacionales que limiten la competitividad de su industria. A pesar de los avances en su posición, se me antoja que en los Estados Unidos todavía no se ha alcanzado el grado de madurez suficiente para pactar compromisos numéricos firmes y claros de reducción de emisiones, y asumir su propia responsabilidad en el problema sin ampararse en la dialéctica del prisionero, que argumenta su posición en base a que los demás no podrán/querrán cumplir la parte que les toca. El caso de los países emergentes como China e India es la excusa que se está utilizando más claramente en las negociaciones. China e India son dos países que están entrando con fuerza propia en el contexto internacional gracias a unas increíbles tasas de crecimiento de sus economías. En las últimas décadas, estos países han pasado de ser meros comparsas en la lucha contra el cambio climático global a ser jugadores clave y decisivos, pues en sus manos está un porcentaje muy importante y creciente de las emisiones mundiales. A pesar de reconocer su importancia, estos países argumentan que ellos no son los responsables del cambio climático y que no están dispuestos a poner en marcha medidas que limiten su crecimiento económico, en el que basan la calidad de vida, la prosperidad y la salida de la pobreza de muchos de sus habitantes. No cabe duda que su argumentación es poderosa y que retrata el cinismo de los países más avanzados (frente a las más de 20 toneladas de dióxido de carbono que emite el estadounidense medio, el chino no llega a las 2,5). En mi opinión, conseguir que estos países acuerden moderar sus emisiones de gases de efecto invernadero sólo será posible si Estados Unidos, Europa y el conjunto de los países desarrollados acuerdan financiar en un porcentaje muy importante esta reducción. Uniendo todos los hilos, si Estados Unidos y otros países desarrollados, y en buena medida Europa, se miran unos a otros con un cierto grado de incredulidad y, además, voltean hacia China e India y otros países emergentes para exigirles responsabilidades, una solución subóptima tipo dilema del prisionero está, en mi opinión, irremisiblemente garantizada. A pesar de todo, confío en la existencia de un equilibrio de Nash algo más refinado que tenga en cuenta la perspectiva a largo plazo y en el que la postura de Europa, y con ella la de sus principales países, es el quid de la cuestión. Si Europa consigue hacer creíble su apuesta y la mantiene, independientemente de lo que hagan los demás, a Estados Unidos y otros muchos países no les quedará más remedio que sumarse (bien ahora o bien en las próximas oportunidades que se den) a la estrategia cooperativa propuesta por Europa, pues los que no entren en ella sumarán al coste del cambio climático el del desprestigio internacional por no hacerlo. Este artículo ha sido publicado en El País el 1 de noviembre de 2007

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