¿Qué está pasando en nuestros montes? ¿Por qué en los últimos años ha ardido la cornisa cantábrica? ¿Por qué tras una primavera especialmente húmeda se quedan marrones los pinos? ¿Por qué tras unas fuertes lluvias se dan tantas inundaciones y desprendimientos de laderas? ¿Cuál es causante y efecto de esta situación? ¿Qué va a pasar cuando las olas de calor y las lluvias torrenciales aumenten debido al cambio climático? ¿Qué podemos hacer para adaptarnos a esta situación cada vez más presente y que se agravará con los años?

Como veis son muchas y diversas las incógnitas. Para poder responder a estas preguntas, es necesario aclarar dos cosas:

Mas de la mitad de la superficie total de Euskadi está catalogada como forestal. Y aunque algunas voces hasta se atreven a llamarla boscosa, lo cierto es que una superficie sea forestal no implica que sea boscosa; y es importante conocer la diferencia. Tener más del 50% total de la superficie como forestal no es necesariamente es un dato positivo. Si la superficie forestal fuera un bosque autóctono en buen estado de conservación, entonces sería una notica excelente. Pero no es el caso, nuestra superficie forestal no la componen exclusivamente bosques, de hecho, son la parte minoritaria. Aquí, superficie forestal no significa bosque, si no plantación.

No estamos rodeados de bosques, las masas boscosas son más bien escasas. Lo que vemos al mirar al monte desde casa o cuando paseamos los domingos por las montañas (sobre todo en la cornisa cantábrica) no son bosques. Se trata de cosechas de madera, de campos de troncos, huertas de árboles, es decir, de plantaciones de monocultivos. Nuestras laderas no las cubren extensos robledales, ni las cimas están llenas de hayedos, así como no imperan los encinares en la costa. Ahora los montes están cubiertos mayoritariamente por pinos y a partir de ahora, desgraciadamente, sobre todo la costa cada vez más por eucaliptos.

Tener mucha superficie forestal no implica que ese uso del suelo sea beneficioso para el medio ambiente. La industria forestal, como industria que es, también puede genera impactos ambientales negativos. Lo cierto es que tan extensa superficie forestal no proporciona los beneficios ecosistémicos que un bosque proporcionaría. Es más, tener tanta superficie gestionada de manera intensiva a través de cultivos monoespecíficos, no debería anunciarse como una buena noticia. Esa aclamada superficie forestal lejos de proporcionar servicios ecosistémicos proporciona importantes problemas. A continuación, repasamos unos cuantos que nos ayudarán a responder esas preguntas del inicio:

Inundaciones y desprendimientos de ladera: La gestión de estas plantaciones se realiza mediante matarrasa (corta total de la parcela). Esto supone la exposición periódica de considerables trozos de tierra (en ladera) expuestos al aire y a la lluvia, causando desprendimientos de ladera. La falta de cobertura vegetal supone una reducción de la captación de agua en la montaña, lo que se traduce en mayor incidencia de las inundaciones en nuestros valles (donde están nuestros pueblos y ciudades).

Pérdida de la Biodiversidad: Este modelo de gestión perpetua la pérdida de biodiversidad tanto vegetal como animal, en superficie y en el subsuelo. La gestión por matarrasa degrada los suelos e implica una alteración del ecosistema, eliminando los nichos y la conectividad de la que precisa la fauna. Un bosque se compone por una pluralidad de especies vegetales; con diversidad de alturas (hierba, arbustos y árboles); y con variedad de edades y tamaños (jóvenes, maduros, ancianos y madera muerta). Esto permite acoger una disparidad de especies animales en él. Cada especie precisa de un refugio o alimento concreto que solo la diversidad vegetal es capaz de dárselo. Es decir, un bosque es bosque si posee diversidad vegetal en los tres ámbitos. Por ello, una plantación de una única especie; con todos los árboles de la misma edad; que no permite que crezcan arbustos o árboles jóvenes; que corta los árboles antes de ser maduros o ancianos y que retira la materia muerta del suelo, no se asemeja ni de lejos a un bosque. Por tanto, esos servicios ecosistémicos que se asocian a los bosques: recreo, culto, ocio, investigación, captación de emisiones, regulación del ciclo del agua, biodiversidad, etc., no se encuentran en los montes por los que paseamos.

Degradación del suelo y proliferación de enfermedades: Que los pinos se quedan marrones, como está pasando los últimos años es un síntoma diferente de la misma problemática. Llevamos ya 50 años de plantaciones de una misma especie (traída desde América). Son más de tres ciclos de plantar y cortar lo mismo en el monte y sin dar posibilidades al suelo a regenerarse. No se ha permitido la proliferación de otras especies o la disposición de madera muerta para re-nutrir el suelo. Por ello, las plantaciones se están debilitando, también los pinos son árboles, aunque los veamos como madera vertical, ellos también necesitan del soporte de la comunidad, de la estructura de bosque. Son tres hongos los que han aprovechado la situación de debilidad y han infectado los árboles con la famosa banda marrón. Pero el problema que hay detrás no es ni el pino, ni el hongo, una vez más es la gestión forestal.

Proliferación de incendios: La salida adelante en estampida frente a la aparición del hongo (dejado a un lado el plan de fumigarnos a todos/as desde el cielo, plan que se frenó desde el gobierno estatal) ha sido cambiar de especie. ¿De modelo forestal? No, de especie. Básicamente, hacer lo mismo, pero con el Eucalipto. Éste fue introducido más tarde que el pino en nuestros montes (esta vez desde Australia), aunque ya está bastante asentado en comarcas como Uribe Kosta.

El eucalipto lejos de solucionar agrava el problema. Este impide que crezca otras especies a sus pies ya que vierte de forma natural sobre el terreno sustancias químicas que impiden la germinación de otras especies. Se trata de una especie que impermeabiliza el suelo (y que también se gestiona a matarrasa). El cambio de especie sin cambio de modelo no soluciona ni elimina todos los problemas generados por el pino. De hecho, agrava e incluso añade algún problema más. El eucalipto es una especie pirófila (planta con afinidad con el fuego). Viniendo de la región de donde viene, el eucalipto se arregla bien, y necesita en cierta manera de los incendios. Se trata de una especie que arde con mayor facilidad. Portugal y Galicia ya lo han sufrido los últimos años de manera severa. Sabiendo esto, y sabiendo que los incendios se siguen generando, ¿por qué decidimos plantar cerillas en nuestros montes? Esa pregunta aún no la sé responder.

PD: la superficie de monte deforestado y cruzado por pistas de la imagen se contabiliza como superficie forestal. Quien quiera que ver ahí un bosque…

MSc en Ciudades y Sostenibilidad

Aitor Mingo Bilbao

Naider

Deja un comentario