RIMG0328A través de Javier BurónRes Publica me pidió una contribución a la serie de artículos que están publicando sobre diferentes miradas a la crisis y sus posibles soluciones. Este es el textoque escribí, que recoge algunas de las ideas que están tomando forma en el blog alrededor del concepto de ciudades adaptativas.

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El proceso de expansión territorial que hemos vivido en las dos últimas décadas y de forma particular en los años anteriores a la crisis económica es uno de los elementos que mejor contextualiza no sólo las causas de esta crisis sino también los importantes efectos que ésta tiene. Desde la perspectiva de las políticas públicas de ordenación del territorio, de la planificación urbanística y, en general, la gestión pública local, la dimensión territorial y urbana es, hoy en día, una importante incógnita en las políticas para salir de la crisis.

La forma en la que se ha entendido la política local y el papel de los proyectos de desarrollo urbano han dejado un complejo mapa de infraestructuras infrautilizadas, de equipamientos sin uso posible por incapacidad financiera para mantenerlos abiertos siquiera, de desarrollos de vivienda fallidos, de espacios a medio urbanizar, etc. Un diagnóstico, desgraciadamente, que sólo hemos sabido entender cuando ya era demasiado tarde. Salir de la crisis implica dar respuesta a estos recursos públicos que se han convertido en una losa patrimonial de gestores públicos y privados y un pasivo que lastra la capacidad de recuperación.

Salir de la crisis implica, necesariamente, abandonar de una vez elpensamiento de hardware respecto a la gestión del territorio y el desarrollo urbano. Este pensamiento de hardware ha priorizado la construcción de infraestructuras como vía única e inexorable para el desarrollo económico. Y bien que sabemos que ese desarrollo económico era un gigante con pies de barro. Puertos de mercancías, puertos deportivos, estaciones de tren de alta velocidad, centros de arte contemporáneo… han sido la promesa permanente para traer prosperidad, una prosperidad que como vino se fue.

La crisis, muy a nuestro pesar, va a implicar cambiar esta perspectiva. Seguramente, no será por convencimiento y la tentación constructora seguirá esperando su oportunidad. Pero poco espacio le va a quedar. Frente a este modelo de desarrollo que sólo ha pensado en grandes proyectos como forma de hacer ciudad, necesitamos una estrategia mucho más inteligente. Una estrategia adaptativa que, al menos mientras conseguimos salir de la crisis, pueda rescatar ese pasivo y convertirlo en activo público para la dinamización de la vida colectiva en las ciudades y la expansión de inteligencia de software.

El estado de parálisis permanente y de recortes generalizados en el que están las políticas municipales puede convertirse, así, en detonante de una manera de enfocar las políticas públicas locales, y especialmente en lo que tiene que ver con el espacio construido, en la que se promuevan tácticas de intervención y formas de mirar a los problemas mucho más abiertas, frente al modelo agotado de la planificación jerárquica, centralizada e institucional de la ciudad que en esta fase de crisis va a necesitar fórmulas imaginativas y flexibles de gestión.

En este sentido, la crisis va a precipitar (ya lo está haciendo, de hecho) la emergencia de nuevas tipologías de proyectos de intervención y activación de capacidades urbanas que hasta ahora tenían poca cabida en las políticas públicas locales. Se trata de proyectos que, en muchos casos, en la época del urbanismo expansivo y de los grandes proyectos urbanos apenas tenían eco o eran directamente consideradas comooutsiders a contracorriente. Sin embargo, en esa época y en condiciones de escaso apoyo institucional, los colectivos y organizaciones que las impulsaban han sido capaces de comprobar su valor social como dinamizadores de la vida urbana. Y, ahora que la crisis impide la formulación de grandes proyectos de intervención jerárquica, aparecen más visibles como el mejor catálogo de seguir reactivando la vida en las ciudades desde una lógica de “bueno, bonito y barato“. Esta última expresión no trata de menoscabar su valor sino, precisamente, de destacar el valor de estos proyectos. Se trata de acciones capaces de generar grandes impactos en clave de dinamización social a un coste muy bajo y un alto significativo.

En las dos últimas décadas, por ejemplo, si no me equivoco, todas las capitales de provincia en España a excepción de una han construido su propio centro de arte contemporáneo siguiendo el patrón del Guggenheim de Bilbao, esperando el mismo efecto y sin entender que la transformación iba mucho más allá de un mero contenedor. Son hijos de una época donde lo sencillo -al fin y al cabo, había financiación disponible-, para soñar con poner a la ciudad en el mapa con la excusa del arte y el turismo, era utilizar la arquitectura icónica como argumento. La realidad ha hecho que muchos de estos proyectos hayan fracasado, como propuestas artísticas sólidas y también como instrumentos de impulso de la ciudad. Hoy estos equipamientos tienen dificultades para mantener su programación, se encuentran sub-utilizados o directamente cerrados por falta de financiación. Entierran con ello toda la inversión realizada y el efecto multiplicador que prometían.

 

 

Desde un enfoque adaptativo, son hoy pasivos que la crisis ha dejado y el objetivo tiene que ser convertirlos en activos públicos. Y para ello hace falta cambiar la mentalidad. Se trata de una lógica aplicable igualmente a otros recursos: infraestructuras, equipamientos, espacios públicos, locales comerciales vacíos, nuevos desarrollos urbanísticos, solares sin uso, tejados en viviendas y edificios públicos, etc. ¿Qué hacemos con todo ello? ¿Cómo podemos aprovecharlos al máximo para no tener que volver a necesitar seguir consumiendo territorio o justificando nuevos proyectos inviables en estos tiempos?

Hace falta una gestión del “mientras tanto“. Es difícil a estas alturas saber cuándo conseguiremos salir de la crisis, pero sí sabemos ya que llevará un tiempo, y tenemos dudas además de que las cosas vuelvan a ser como antes. Desde la perspectiva del territorio y las políticas urbanas, es difícil que vuelvan las prácticas que fueron común denominador en los últimos años. Ojalá no vuelvan nunca. Pero, de mientras, la agenda de políticas urbanas sigue necesitando disponer de soluciones que ofrecer. Ese “mientras tanto” es el que podemos dotar de contenido a través de nuevas tipologías de iniciativas y una nueva forma de entender la ciudad.

Pensemos en los locales comerciales. Son, sin duda, uno de los efectos más visibles de la crisis, tanto en los centros de las ciudades como en las periferias. Negocios que no han podido soportar la crisis y se han visto obligados a cerrar, dejando en cada pueblo o ciudad una red de recursos físicos disponibles sin actividad. Para enfrentar este problema existen muchos ejemplos en otras ciudades del mundo que muestran cómo poder dar usos transitorios a estos locales, convertirlos en recursos sociales para usos comunitarios, artísticos, comerciales, etc.

Lo mismo sucede con los solares vacíos, solares cuyos propietarios ya no están en condiciones de edificar o urbanizar y que representan una enorme ineficiencia en términos de consumo de territorio. Existen fórmulas flexibles para activar estos espacios con intervenciones mínimas que son capaces de generar efectos en forma de apropiación comunitaria, de reactivación de la vida social, etc. Desde usos deportivos hasta huertos comunitarios, estos espacios requieren de imaginación para poder intermediar entre todos los intereses en juego, con una lógica más abierta y horizontal.

La crisis también ha impedido, en muchos casos, la urbanización o la renovación de espacios industriales, grandes pastillas en la trama urbana a las que en los últimos años se les ha dado salida con el gran proyecto de renovación urbana a gran escala, normalmente en espacios de usos portuarios o industriales. ¿Qué hacer con ello? ¿Permitir que siga sin un nuevo uso hasta que sea posible conseguir una gran inversión para poder renovarlo? ¿No podemos hacer nada mientras tanto a un bajo coste? ¿O pensar en usos alternativos?

Otro efecto de la crisis es que puedan quedar abandonados proyectos degrandes espacios comerciales en las afueras de las ciudades, otro de los rasgos comunes de la economía urbana de las últimas décadas. Tenemos la opción de dejarlos cerrados. Tenemos la opción de derribarlos. ¿Tenemos más opciones? ¿No podemos reconvertir sus usos y aprovechar que ya están construidos para abrirlos de nuevos como activos?

Para todas estas preguntas, el modelo de urbanismo expansivo, jerárquico y formalista prevé soluciones extremas y definitivas: derribar, cerrar, clausurar, impedir, etc., desde una visión de la agenda urbana en la que domina el gran proyecto definitivo. Frente a esta óptica, la salida a la crisis pasa necesariamente por adoptar fórmulas flexibles y abiertas para la gestión del espacio urbano, que no impida o limite la utilización al máximo de todos los recursos públicos. Va a ser la hora de la imaginación, porque se acabó la época de la arquitectura espectáculo y de los grandes desarrollos urbanísticos. A lo largo de estos años se ha acumulado una enorme experiencia y conocimiento sobre cómo abordar tácticas de intervención en la ciudad más útiles, creativas y participativas. Es cuestión de querer mirar con otros ojos las ciudades.

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sobre este tema, uno de las últimas referencias que tiene buena pinta es el libro The Temporary City. El video incluido en el post sirve de presentación del libro, centrado en el caso del Reino Unido.

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