Hay imágenes que hablan por sí solas. Cada día se vende en todo el mundo el equivalente a una pila de botellas de plástico de la mitad del tamaño de la Torre Eiffel: bebidas, yogures, cubertería, salsas, bandejas de fruta, botes de champú… . El plástico no deja parcelas cotidianas sin tocar, y el problema es que ni siquiera el reciclaje parece una solución.

En un mundo de recursos finitos que claman por una mejor gestión, Europa genera más de 2.500 millones de toneladas de residuos al año. Como muestra Greenpeace, casi el 80% de los residuos terminan en vertederos o el medio ambiente, y cada año acaban en los océanos entre 5 a 13 millones de toneladas de plástico (80% de la basura marina). De hecho, solo un 25% de lo que consumimos se recupera.

El reciclaje es un proceso esencial dentro de lo que se conoce como economía circular: un sistema eficiente en el uso de los recursos y de baja emisión de carbono. Sin embargo, se hace menos hincapié en la necesidad de reducir la producción y el consumo de plásticos que en los beneficios que aporta el reciclaje. ¿A qué se debe esto?

El trasfondo de la cuestión es uno: es más sencillo invertir y abogar por el reciclaje a nivel político y social que por la reducción del consumo y producción de plástico.

Pedir a la población que recicle es más cómodo que pedir que se dejen de consumir productos plásticos, o que se transforme el sistema de producción industrial en uno que no esté basado en compuestos complejos de hidrocarburos. En el primer caso, el plástico se encuentra tan integrado en nuestro día a día que se tardará un tiempo en cambiar las costumbres de consumo de la población. Por lo tanto, pedir a la población que reduzca su consumo supone una medida de “mala prensa”. En el segundo caso, resultará complicado encontrar substitutos al plástico que sean igual de económicos, manejables, fáciles de transportar y eficientes que este.

El resultado: basamos nuestros esfuerzos, y centramos casi toda nuestra atención, en la solución más sencilla que nos permita seguir con nuestro modo de vida actual, el reciclaje. Pero únicamente con el reciclaje no se lograrán los objetivos medioambientales establecidos.

Al igual que ocurre con los demás retos sociales y ambientales a los que nos enfrentamos (cambio climático, pobreza, pérdida de recursos naturales, desigualdad…), el plástico supone un problema con una profunda raíz social. A este respecto, quizá la cuestión no resida tanto en si la transformación hacia una sociedad más sostenible supone una disminución en nuestra calidad de vida, sino en cuestionarnos que entendemos por calidad de vida.

En realidad, el problema del sobreconsumo (de plástico) no se origina en el materialismo en sí, sino en la confusión de las prioridades y en desbalance de la vida. Las malas y excesivas decisiones de compra se originan en creencias profundas erróneas que luego se expresan en lo material. El materialismo es neutral, no es algo “malo” o “bueno”, es simplemente un concepto creado para referirse a la propiedad de los objetos, algo que se viene llevando a cabo a lo largo de toda la historia. El problema radica en la falta de un sistema de valores y de creencias responsables. Su ausencia es lo que nos lleva al sobreconsumo. Tener las convicciones correctas y ordenadas supone expresarlas a través de un uso sostenible y responsable de los productos.

Es cierto que necesitamos el compromiso de empresas y gobiernos para desarrollar mejores sistemas de gestión para alargar la vida de plásticos y lograr así que su primer uso no suponga el fin de su ciclo de vida. Pero no es menos cierto que, sin un cambio en el paradigma social (individual y colectivo) respecto a nuestras prioridades de consumo y concienciación medioambiental, cualquier solución económica o industrial que se lleve a cabo será menos consistente y duradera que una en la que realmente creamos y la tengamos integrada en nuestro sistema de valores.

Julen González Redín
PhD en Desarrollo Sostenible
NAIDER

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