Las marcas de la moda rápida, con su constante rotación de colecciones y sus precios asequibles, nos han habituado a estrenar ropa cada poco tiempo, pero el coste ecológico es elevado. Considerando solo el proceso de producción, la industria textil emite 1,2 mil millones de toneladas de CO2 a la atmósfera – más que la aviación y el transporte marítimo en conjunto -. A esto se añade el hábito de consumo imperante que hace que se generen un millón de toneladas de residuos textiles al año. Así como que el 35% de los microplásticos que contaminan los mares proceden de ropa, y que la moda rápida emplea hasta 79 mil millones de agua potable al año.

 

Frente a estas cifras, un estudio de la asociación británica WRAP (Waste and Resources Action Programme) señala que alargar la vida media de las prendas hasta 2 años y 5 meses – es decir, un aumento de 3 meses -, supondría entre un 5% y un 10% de reducción en su huella de carbono, agua y residuos. Se hace evidente de este modo la contribución ecológica de apostar por prendas durables, no sujetas a las ultimísimas tendencia, o por alternativas de consumo como las marcas que producen localmente, el comercio justo, o la segunda mano. La durabilidad, biodegradabilidad, y la reciclabilidad de los materiales es, cómo no, un aspecto a valorizar.

 

Englobando estos y otros principios de sostenibilidad, Kate Fletcher, profesora de Sostenibilidad, Diseño y Moda en el ‘Centre for Sustainable Fashion’, acuño ya en 2007 el termino “Slow Fashion”, como antítesis de la moda industrializada que representan marcas como Primark, Zara o H&M.

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