Paradoja de Jevons o efecto rebote: Un aumento de la eficiencia en el consumo de un recurso puede no disminuir el consumo de dicho recurso, sino aumentarlo.

La intuición económica nos dice que la mejora de la eficiencia (por ejemplo, energética) permite a la gente usar menos cantidad de ese recurso. Sin embargo, la paradoja de Jevons – denominada así por su descubridor William Stanley Jevons (1835-1882) – dice que “aumentar la eficiencia disminuye el consumo instantáneo pero incrementa el uso del modelo, lo que provoca un incremento del consumo global”. ¿Y por qué ocurre esto? Porque el abaratamiento del coste del servicio se traduce en una mayor demanda de este, compensando total o parcialmente el ahorro derivado de la mayor eficiencia. También se incrementa la renta disponible, aumentando el consumo de otros bienes y servicios que requieren energía.

¿Y qué relación tiene esto con la crisis del coronavirus? La reflexión es la siguiente: Si una eficiencia muy elevada en el consumo de recursos naturales de un sistema no asegura que dicho sistema sea sostenible a largo plazo (efecto rebote), ¿hasta qué punto una sociedad cuyas bases siguen siendo las mismas que antes de la crisis del COVID-19 (crecimiento económico implacable, insostenibilidad, etc.) es capaz de aprovechar esta crisis para desacoplar el desarrollo económico del impacto ambiental?

Durante los últimos días múltiples medios de comunicación han destacado los efectos positivos sobre el medio ambiente de las medidas tomadas contra el coronavirus, tales como la reducción de emisiones atmosféricas, la presencia de animales en las calles… . Sin embargo, expertos advierten de que el descenso en los niveles de contaminación será temporal. De hecho, la creciente pureza del aire no significa que se le esté poniendo freno al calentamiento global, ya que mientras que la polución del aire tiene una vida muy corta (en cuanto la gente deja de conducir, las emisiones bajan), los gases de efecto invernadero tienen una vida más larga, y en la atmósfera hay acumuladas grandes cantidades de dióxido de carbono desde la Revolución Industrial de mediados del siglo XVIII.

Del mismo modo que estos días, durante la recesión global de 2008 se apreció una reducción del 1% de las emisiones de dióxido de carbono, pero estas se recuperaron al siguiente año y el crecimiento durante los dos próximos años fue excepcionalmente alto. ¿Debido a qué? A los estímulos económicos que se aprobaron para hacer crecer la producción y demanda. Es decir, que una crisis puede no solo no mejorar el estado del medio ambiente y nuestra relación con la naturaleza, sino empeorarlo.

¿Qué es, por tanto, lo más probable que ocurra de aquí a unas semanas? Lógicamente, se intentará reactivar la economía a través de paquetes de estímulo y distintas medidas necesarias. Al mismo tiempo, conocemos de sobra el efecto rebote característico de nuestro sistema después de una crisis. Ahora bien, la pregunta reside en si los estímulos para reactivar la economía se centrarán en energías limpias y sectores respetuosos con el medio ambiente – en tal caso, el coronavirus habría contribuido con su grano de arena en el cambio de modelo productivo – o si se llevará a cabo la denominada “polución vengativa”: inversiones en carbón, petróleo y las mismas industrias pesadas que en las pasadas décadas dieron tanto éxito económico. Un dato: el petróleo es ahora mismo el combustible más atractivo debido a su bajo precio; se encuentra a niveles que no se veían desde 1991 en plena Guerra del Golfo. La pregunta es: ¿Que camino tomarán los países? La respuesta variará en función de cada uno, pero es bastante obvio hacia donde se encaminarán muchos de ellos, en la mayoría de los casos por fuerza mayor.

Es importante diferenciar la crisis del coronavirus de la crisis medioambiental o climática. La sociedad percibe la crisis del coronavirus como un problema de urgencia extrema y muy cercano – su impacto se puede palpar y ver –, los cambios de comportamiento y sacrificios asociados tienen efectos positivos inmediatos – y, además, estos serán solamente temporales –, y no se depende de la colaboración internacional para tomar medidas. Con la crisis climática ocurre lo contrario: todo parece mucho más complejo y lejano, los sacrificios podrían no tener un efecto positivo inmediato y no ser temporales, y se depende de la colaboración internacional – lo cual suele retrasar la implementación de soluciones.

En conclusión, el reto para los meses venideros está claro: ser capaces de trasladar un sentido de urgencia, e incluso el miedo positivo, a los distintos retos medioambientales a los que nos enfrentamos – en especial al cambio climático –, al mismo tiempo que el mundo se recupera de una pandemia que nos dejará económica, social y mentalmente agotados.

Que no es poco.

Julen González Redín
PhD en Desarrollo Sostenible y Medio Ambiente
NAIDER

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