*Artículo original publicado por Confebask (enlace)

Europa quiere invertir la tendencia de declive industrial y recuperar el peso y competitividad de su industria (llegar al 20 % del PIB para las actividades manufactureras para 2020) a la vez que se plantea la neutralidad de carbono para 2050. La pregunta, lógica, es si ambos objetivos son factibles y, muy en especial, si son realmente compatibles entre sí.

El núcleo central de la industria de Europa está formado por sectores intensivos en energía como la fabricación de acero, el cemento, el vidrio, la fundición de metales, el papel, los productos cerámicos, los fertilizantes y los productos químicos que, conjuntamente, dan cuenta de la práctica totalidad del consumo de energía y de las emisiones de gases de efecto invernadero de la industria. Su importancia, además, va mucho más allá de su peso sobre el PIB ya que se extiende al conjunto de la economía a través de su participación troncal en cadenas de valor claves como el transporte, la construcción, las infraestructuras o la generación de energía.

La política climática y la apuesta por la neutralidad implica precios progresivamente más elevados del carbono y añade a la ya intensa y creciente competencia internacional de países terceros, una creciente amenaza de deslocalización de estas actividades en países no tan exigentes con su política climática y que, por tanto, no gravan o lo hacen con menor intensidad las emisiones de gases de efecto invernadero.

Con estas amenazas en ciernes, habrá que tener mucho cuidado de que Europa y también el planeta no acaben en un fatídico, frustrante y paradójico resultado contrario a sus grandes objetivos estratégicos: un menor peso de su industria por la pérdida de empresas intensivas en el uso de energía que se instalan en otros países y un mayor volumen de emisiones globales. Porque, tenemos que recordar, que el inconveniente ambiental de fabricar acero u otros productos intensivos en el uso de energía es independiente del lugar dónde se localiza su producción.

No hacemos nada por el planeta fabricando acero y otros productos intensivos en energía en Europa con tecnología puntera y libre de emisiones, si la mayoría de estos productos se acaban produciendo en otros países con las tecnologías tradicionales.

La descarbonización de la industria, por tanto, nos enfrenta a un doble desafío. En primer lugar, la necesidad de reforzar la política industrial a todos los niveles competenciales (por supuesto la Comisión Europea, pero también los países miembros y especialmente las regiones con eminente vocación industrial como el País Vasco). El recorrido hasta 2050 no va a ser sencillo, pues si bien el Pacto Verde Europeo establece las bases estratégicas, la nueva crisis económica en la que estamos sumidos como consecuencia de la pandemia global de COVID 19, incorpora graves incertidumbres en el panorama socioeconómico que habrá que analizar y gestionar cuidadosamente.

La política industrial tendrá que ser capaz de ayudar y acompañar a las empresas intensivas en el uso de energía en el ingente desafío inversor que tendrán que asumir para transformar radicalmente sus procesos y tecnologías y poner en marcha nuevos modelos de negocio para fabricar productos de calidad sin emitir gases de efecto invernadero. Las soluciones tecnológicas que la industria necesita para desterrar los combustibles fósiles y ser neutra en carbono están en distintos estadios en su proceso de llegada al mercado y mientras algunas están ya próximas a su potencial comercialización y su implantación seguirá el ritmo del despliegue de las renovables en el mix eléctrico, otras, principalmente las relacionadas con procesos de combustión a muy altas temperaturas, se encuentran todavía muy lejos y precisarán de la puesta en marcha de ambiciosos proyectos de I+D+i, del desarrollo de infraestructuras específicas altamente costosas (almacenamiento y distribución de hidrógeno, por ejemplo) y de proyectos piloto de demostración a nivel industrial.

En segundo lugar, será necesario acompañar y complementar la política industrial con ajustes en el sistema europeo de precios de las emisiones de carbono para que las empresas encuentren los incentivos adecuados para invertir en Europa bien para transformar sus procesos productivos y hacerlos compatibles con el medio ambiente, bien para establecer nuevas plantas, modernas, competitivas y neutras en carbono. Los incentivos tendrán que venir en base a primas a los productores por la incorporación de tecnología baja en carbono y/o tarifas a las importaciones de ciertos productos de modo que se vean premiados los productores más audaces y dispuestos a incorporar cambios y que éstos estén a salvo del potencial dumping ecológico de empresas asentadas en países con legislación medioambiental menos rigurosa. Como conclusión, por tanto, si queremos seguir manteniendo una industria europea pujante en un mundo neutro en carbono, pongámonos rápidamente las pilas ya que el objetivo es de tamaño descomunal y nos jugamos nuestro nivel de bienestar y el del planeta

1.Comunicación de la Comisión al Parlamento Europeo, al Consejo, al Comité Económico y Social europeo y al Comité de las Regiones Por un renacimiento industrial europeo.

2.El precio spot en el Sistema Europeo de Comercio de Emisiones (EU ETS) alcanzó los dos dígitos en 2011 y ronda precios de entre 20 y 25 Euros la tonelada de CO2 equivalente en 2020.

3.El Pacto Verde Europeo es una nueva estrategia de crecimiento que apuesta por la competitividad de la economía europea, en una sociedad sin emisiones y en la que el crecimiento económico está disociado del uso de los recursos.

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