3827160390_b9fb11c453(2)La mayoría de nuestros jóvenes estudian en universidades poco destacadas, por no decir mediocres, y una vez que terminan sus estudios universitarios y muchas veces de postgrado se topan con un mercado de trabajo que les ofrece posibilidades poco acordes con su formación y expectativas, salarios que no concuerdan con su esfuerzo y condiciones sociales (de vivienda especialmente) que les ponen muy cuesta arriba un proyecto de vida ilusionante. Así, no resultan raros los casos de jóvenes que, concluido su período formativo, deciden emigrar en busca de mejores opciones vitales. En realidad, parecemos resignados a aceptar que muchos de nuestros mejores talentos, tengan que desarrollar su actividad más allá de nuestras fronteras; la migración, el mestizaje, y la diversidad son elementos muy positivos y socialmente enriquecedores, pero las virtudes no son tales, cuando resultan en un drenaje neto de nuestro capital social e intelectual.

En los últimos años, nuestro sistema universitario ha realizado un enorme esfuerzo para hacer frente a una creciente demanda social de formación superior. Sin duda, la Universidad ha pasado con buena nota este reto y ha sido el principal artífice del proceso de modernización y necesaria actualización formativa de nuestro País para acomodarse a los estándares europeos. Me temo, sin embargo, que el modelo universitario actual no es el adecuado y tenemos que ser mucho más ambiciosos si queremos pasar con nota los nuevos retos que, sin duda, pasan por la excelencia y la generación de conocimiento.

Los retos de la Universidad exigen cambios estructurales profundos que tienen que ver con: impulsar la sana competencia entre los centros universitarios públicos y privados para la captación de estudiantes, profesores e investigadores, con el diseño de un nuevo sistema institucional que profesionalice la gestión universitaria y la dote de sistemas de gobierno más eficaces, con una apuesta clara por la investigación de excelencia, con nuevos sistemas de formación más multidisciplinares e internacionalmente competitivos, con renovados sistemas de financiación, abiertos a la comercialización de los resultados de investigación y que despejen la puerta al dinero privado y con un acercamiento de la Comunidad universitaria a los retos sociales de convivencia, competitividad y mejora de los estándares de vida.

Para avanzar en este camino, nuestra sociedad tiene que creer en la Universidad como herramienta de competitividad social y empresarial y todos juntos tenemos que valorar lo que perdemos (dejamos de ganar) por no tener un sistema universitario que rivalice con los mejores a nivel mundial. La sociedad en su conjunto tiene que participar activamente en un gran debate que nos ayude a entender la estrecha relación entre una Universidad de alto nivel y una sociedad avanzada con elevados estándares de calidad de vida. Para conducir ese debate hacen falta líderes a distintos niveles que permitan ir seduciendo y convenciendo y se precisa que todos los instrumentos con los que cuenta el sector público (las agencias gubernamentales, los medios de comunicación, la escuela,ナ) se fundan con otros tantos agentes privados y, todos juntos, vayan labrando y articulando las bases de un renovado sistema universitario.

Pero además de la reflexión y el debate que nos ayude a plantear soluciones a los problemas estructurales, tenemos que actuar con urgencia porque no tenemos mucho tiempo y competimos con otros que nos llevan mucha ventaja. En este sentido, son bienvenidos todos los pasos que potencien el trinomio: investigación-personas-competitividad y que consigan arbitrar nuevas fórmulas de gestión de la investigación en las que se prime la excelencia, se consiga atraer a los mejores investigadores disponibles y se logre articular proyectos que unan y coordinen las capacidades investigadoras disponibles tanto en la Universidad, como en el conjunto del sistema científico, tecnológico y empresarial del entorno.

Los Centros de Investigación Cooperativa del País Vasco (CIC), y los Basic Excellence Research Centres (BERC) del País Vasco son magníficos ejemplos de instrumentos que apuntan en la dirección adecuada y que seguro servirán para motivar al conjunto del sistema universitario para que pase a convertirse lo más rápidamente posible en un imán de talento, semilla de liderazgo, cuna del cambio tecnológico y origen de un nuevo modelo de desarrollo más cohesionado y sostenible.

Pero la Universidad es sólo una parte de este gran reto social. Dar oportunidades a los jóvenes y atraer talentos es sólo factible mediante un gran cambio de nuestro sistema productivo que, anclado en la inercia del pasado, sigue siendo poco innovador y permanece ligado a sectores con baja intensidad tecnológica que demandan mayoritariamente personas con poca cualificación. Pero, se están agotando muy rápidamente los tiempos en los que nuestras empresas se mantenían en los mercados internacionales compitiendo en precios. En el contexto global, India y China se están convirtiendo en los grandes campeones de la industria mundial, deslocalizando en su territorio muchas actividades de manufactura en base a costes de mano de obra y operación que se nos antojan imposibles desde nuestro entorno. A este fenómeno, se une también en Europa el proceso de ampliación de la UE hacia el este con la entrada en escena de nuevos países de sólida tradición industrial, con capacidad tecnológica similar a la nuestra y estructura de costes mucho más competitiva.

La apuesta por la Universidad y la generación de conocimiento tiene que estar inexorablemente ligada a un sólido compromiso social con los nuevos emprendedores y el desarrollo de la innovación en nuestras empresas. Tenemos que crecer mejorando tecnológicamente nuestro sistema de producción y eligiendo algunos nichos específicos en los que podamos estar en un plazo corto de tiempo en la vanguardia mundial y la frontera del conocimiento moderno. Este es el único modo de poder pagar salarios competitivos que atraigan a los mejores, establecer una sinergia ganadora entre el sistema de generación de conocimiento y el de creación de riqueza y olvidarnos de los riesgos de deslocalización industrial que nos atenazan.

El reto es potente, pero nos coincide con un momento especialmente dulce si sabemos aprovecharlo. Por un lado, la bonanza económica en la que se encuentra nuestra economía nos permite mirar al futuro con suficiente temple y visión. En segundo lugar, tenemos que aprovechar las enormes oportunidades que se abren en los procesos para la configuración del Espacio Europeo de Educación Superior y de Investigación y, finalmente, contamos con las generaciones mejor formadas de toda nuestra historia que nos reclaman una posición y no nos podemos conformar con ofrecerles “mil euros” al mes en ocupaciones rutinarias y desilusionantes.

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