indignezPrimero fueron los sindicatos mayoritarios vascos los que dieron el paso, ávidos de marcar siempre su propia senda de respuesta. Luego se animaron también los dos grandes sindicatos de clase con representación en el conjunto de España. A ellos se ha ido uniendo un sinfín de organizaciones sociales y también algunos partidos minoritarios de izquierda. El caso es que el día 29 de marzo está convocada en España una jornada de huelga general. ¿La excusa? La reforma laboral planteada por Rajoy. ¿La razón? El desencanto de muchos con la gestión política de la crisis económica pero también con otras muchas cosas que están en el origen de la misma.

La sociedad española, quizás algo menos la vasca, siempre parece políticamente adormecida y la respuesta social a los desmanes de los grandes grupos de poder parece que siempre pueden esperar a disfrutar de otro rebujito. Total, para lo que sirve quejarse! El movimiento 15 M fue un aviso a navegantes y una cierta brisa de esperanza para los encallados en tierra. Un movimiento de pocos grados en la escala sísmica pero una señal inequívoca de que algo se movía, si quiera tímidamente en el alma de nuestra sociedad.

Eso sí. Hicieron falta casi cinco millones de parados para ver en las calles a unos cuantos miles de personas mostrando su indignación. Hizo falta procesar a todo un presidente autonómico para que se le revolvieran las entrañas a más de un convencido de la democracia. Hizo falta salvar con el dinero de todos los desvaríos financieros de las Cajas de Ahorro para que algunos se percataran que el sistema financiero español era, en buena parte, un fiasco social. Hizo falta ahogar sin crédito a miles de empresas competitivas para percatarnos del monumental dislate. Hizo falta que una canciller alemana nos preguntara si estábamos de broma para percatarnos de nuestra precariedad.

Nos hizo falta, en fin, ver aeropuertos sin aviones en Castellón, autopistas sin coches en Bilbao, ciudades sin gente en Seseña, parques industriales sin industria en Andalucía, centros científicos sin viabilidad financiera en el CSIC, centros culturales sin cultura en Avilés o Santiago, auditorios silenciosos en El Ferrol o Torrevieja, puertos deportivos sin barcos en Laredo, estaciones sin pasajeros en Albacete, miles de kilómetros de costa cubierta de cemento o tres millones y medio de carteles de “se vende”. Nos hizo falta verlo pero, sobre todo, verlo todo a la vez.

Y aún así algunos irreductibles no se rinden. Los partidos políticos, quizás todos sin excepción siguen sin admitirlo plenamente. Que no deseen ponerse al frente de la pancarta tiene su lógica. El pudor de su mayor o menor co-responsabilidad con el tema les obliga pero lo que no cabe es que no se exijan a ellos mismos, al menos en privado, un sereno análisis de conciencia y una profunda autocrítica, bases inexcusables para su refundación como proyectos de construcción social para lo que fueron consagrados por la Constitución como instrumentos fundamentales para la participación política en democracia.

La reforma laboral de Rajoy no es el mayor drama ni el mayor despropósito. Es seguramente un extemporáneo invitado más a esta fiesta de la sin razón y la desesperanza de tantos. La rigidez del sistema laboral español era algo que había seguramente que reformular porque no era eficiente y cargaba a las empresas con unos costes extraordinarios, sobrellevados en tiempos de bonanzas pero insoportables en tiempos de crisis y de reajustes. Bascular de la noche a la mañana todo ese sobrecoste sobre el trabajador no es, en cualquier caso, una solución solidaria ni equiparable a la de otros sistemas europeos que gozan de sistemas de reaseguramiento públicos y público-privados que evitan que el trabajador quede despojado de los derechos que como tal le corresponden en un estado social como el nuestro.

Los sindicatos, muy cómodos en su trasnochado imaginario de lucha contra la patronal, han visto redescubrir en esta torpe operación de Rajoy su papel de líderes de una indefensa clase trabajadora. En su grueso discurso, la estrangulación de los proyectos vitales de los cinco millones de parados que la anterior legislación laboral amparaba no pareció hacerles mella alguna, ni siquiera para concentrarse tímidamente ante sus sedes.

Su debilitada voz se alza hoy de nuevo bien alta. Y la excusa de la reforma laboral será la espita que permita encender las millones de causas que se extienden por doquier. La causa de cada uno de los cinco millones de parados desconcertados, de los millones de jóvenes desalentados ante un futuro incierto, de los millones de pequeños y grandes empresarios comprometidos con sus trabajadores y angustiados con la situación, de los millones de jubilados que sudaron por construir lo que hoy ven tambalearse, de los millones de ciudadanos que nos sirven desde su función pública en cada vez peores condiciones, de los cientos de miles de investigadores que generan conocimiento y tecnología para mejorar nuestro bienestar, de las gentes de la universidad, de la educación, de la cultura, de las ONG y de tantos otros ciudadanos conscientes.

Todo un clamor al que me uno desde esas líneas porque también yo estoy indignado, abrumado y, sobre todo, ansioso de ver valentía y sinceridad en las propuestas políticas de nuestros gobernantes. No es una respuesta a la acción del Gobierno Rajoy. Sí una luz para indicarle el camino. Al menos por mi parte, es un acicate contra la inacción y la falta de planteamientos radicales que extiendan decididamente en nuestras instituciones de gobierno la inversión en educación, en investigación y en competitividad, desoyendo los consejos de aventados economistas sobre mayores recortes sociales y menores preocupaciones ambientales. Construir un Estado más eficiente, racional y competitivo no pasa por destruir el Estado social. Algunos pensamos que es compatible. Otros a lo que intentamos imitar lo saben. No actuar con liderazgo y visión de largo plazo es, además, destruir el proyecto colectivo que nos une como sociedad.

No confundan los sindicatos el éxito de su convocatoria con su capacidad de traccionar esta sociedad. A escasos tres meses de las elecciones generales, no confundan los partidos políticos esta herramienta de protesta social con una acción sólo contra aquellos que nos gobiernan. Escuchen ambos el clamor silencioso de una sociedad que parará un día para seguir caminando el resto.

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