La globalización ha supuesto unos mayores niveles de dependencia entre sociedades y ecosistemas, escalando la interconexión a nivel planetario.

La mayor capacidad de afección sobre el medio y la interdependencia entre sociedades y ecosistemas distantes entre sí se ha incrementado. En la actualidad los efectos del cambio climático generan episodios meteorológicos extremos en regiones concretas afectando a sociedades que no necesariamente han causado directamente alteraciones en su entorno natural más próximo.

En el último siglo, fruto de una mayor demanda de recursos se ha incrementado la degradación de los entornos naturales. Ello ha conllevado a la pérdida de la biodiversidad, al aumento de la escasez de los recursos y la fragmentación de los hábitats naturales a nivel planetario.

En Europa, un continente históricamente artificializado con escasos entornos vírgenes debido a la expansión agraria y a la densidad poblacional, en la última década se han alcanzado tasas de artificialización (entornos urbanos e infraestructuras) del suelo de hasta el 5% del total territorio.

En este último siglo, además se ha dado un proceso de urbanización de la humanidad. Las poblaciones, cada vez más urbanas, han sufrido una desconexión con el medio natural en su vida cotidiana. Existe un desarraigo físico con el entorno natural y rural provocado por una escasez de experiencias vitales vinculadas a la naturaleza. Esto se traduce en una pérdida de conocimiento y una mayor desvinculación.

Perder el vínculo con el medio natural a nivel personal nos lleva a perder la consciencia de nuestra interdependencia con el medio ambiente. Esto facilita que a nivel colectivo se haya explotado impunemente el medio natural.

Entre los desastres más destacables, fruto de esta deriva de desconexión con el medio natural, la sociedad humana ha conseguido cambiar el clima global, degradar la capa de ozono, talar un 20% de la selva amazónica y secar mares como el de Aral en pocas décadas.

La educación ambiental se ha focalizado en enseñarnos a separar residuos y a utilizar la bicicleta. Pero seguimos desconociendo los ciclos de siembra de las hortalizas que comemos o a identificar rastros en el bosque. Lo natural se nos hace ajeno.

La reincorporación de la naturaleza en nuestras vidas urbanas pasa por naturalizar nuestros entornos urbanos. La renaturalización del entorno urbano supone una serie de beneficios en varios ámbitos; tanto económicos, como sociales y ambientales. Pero entre todos ellos, también facilita la reconexión con el medio, que evoque un cambio de conciencia predecesor a un cambio real de paradigma.

En la última década la renaturalización de las ciudades ha estado presente en las políticas urbanísticas de ciudades de todo el planeta. La incorporación de la infraestructura verde en la trama urbana se ha presentado como una herramienta clave para revertir nuestra relación con la naturaleza.

Una vez que esta relación cambie y reconectemos con el entorno vivo, será más sencillo repensar nuestro sistema productivo y de consumo a uno que deje de explotar la naturaleza y pase a hacer un uso consciente y sostenible de los benéficos que ésta nos proporcionan a través de sus servicios ecosistémicos.

Aitor Mingo Bilbao

MSc en Ciudades y Sostenibilidad

NAIDER

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