Transformación económica y transición ecológica de ciudades y territoriosHiri eta lurraldeen eraldaketa ekonomikoa eta trantsizio ekologikoa
hacer sitioal futuro
Hacer sitio al futuro
Abrir oportunidades para quienes vienen, dar continuidad a lo que nos sostiene y atrevernos a cambiar lo que nos limita.
El futuro suele encontrarnos con la casa llena. Llena de prioridades urgentes, de presupuestos comprometidos, de usos consolidados y de decisiones que cuesta revisar. Cada actividad tiene su lugar, cada institución sus procedimientos y cada problema su departamento. Sin embargo, las necesidades cambian. Aparecen otras formas de trabajar, de producir, de convivir y de cuidar. Y muchas de las capacidades que necesitaremos mañana intentan encontrar su sitio en un territorio que ya parece repartido.
Hacer sitio al futuro exige abrir posibilidades dentro del mundo que hemos construido. Revisar qué estamos facilitando, qué dejamos perder y qué encuentra tantas dificultades que acaba buscando otro lugar. Una sociedad necesita capacidad para renovarse. Esa capacidad depende de decisiones sobre el suelo, la inversión, el conocimiento o los servicios que, tomadas una a una, pueden parecer menores, pero juntas definen el margen de lo posible.
Una ciudad necesita que una persona joven pueda empezar su vida, que un negocio encuentre dónde instalarse y que un oficio consiga relevo. Necesita también que los servicios sigan al alcance de quienes los utilizan. Cuando esas condiciones se debilitan, se resiente algo más que una actividad concreta: cambia la posibilidad de vivir y trabajar en ese lugar.
La economía urbana permite verlo con claridad. El comercio, los cuidados, la vivienda, la movilidad y el conocimiento forman un sistema de relaciones. Lo que ocurre en una calle depende de quién vive cerca, de cómo llega, de qué necesita y de las actividades que encuentra a su paso. Un local que cambia de uso modifica ese equilibrio. La desaparición de un servicio altera trayectos y oportunidades. Leer el conjunto permite reconocer capacidades que damos por supuestas hasta que empezamos a echarlas en falta.
Esta mirada amplía el campo de la acción pública. Permite decidir dónde conviene sostener una actividad, cómo facilitar la llegada de otras y qué relaciones debemos reforzar para que el municipio conserve vitalidad. También obliga a coordinar decisiones que suelen tomarse por separado. El espacio de una ciudad es limitado; la capacidad de combinar sus usos con inteligencia puede abrir posibilidades nuevas.
Algunas están apareciendo precisamente donde creíamos que una etapa había terminado. La fabricación digital y la inteligencia artificial pueden hacer viable fabricar y reparar cerca de donde vivimos. Un oficio puede encontrar nuevas herramientas, un edificio prolongar su vida útil y un taller atender necesidades que hasta ahora dependían de cadenas lejanas. Hay una oportunidad para recuperar capacidad productiva y autonomía a partir de lo que la ciudad ya conoce y necesita.
Aprovecharla requiere algo más que disponer de tecnología. Requiere personas que sepan utilizarla, encargos que sostengan la actividad y locales en los que esa actividad pueda permanecer. Requiere también decidir cómo circula el conocimiento y quién conserva el control sobre los diseños. Una ciudad puede incorporar tecnología y perder autonomía si, mientras tanto, desaparecen los oficios, los espacios y las redes que le permiten hacer cosas por sí misma.
Por eso, hacer sitio al futuro incluye cuidar capacidades que tardaron mucho tiempo en construirse. El saber de un oficio, la confianza entre empresas o la experiencia de una comunidad son recursos para ensayar respuestas nuevas. Su continuidad necesita aprendizaje, relevo y condiciones para evolucionar. Renovar un territorio supone reconocer ese valor y ponerlo en relación con las posibilidades que se abren.
También necesitamos recuperar margen en nuestra relación con la naturaleza. Dar espacio al agua, devolver permeabilidad al suelo o introducir sombra en una calle cambia las condiciones en las que podremos seguir habitando un lugar. La adaptación nos invita a revisar usos que parecían definitivos y a aprender de la geografía que tenemos delante. El territorio necesita capacidad para absorber cambios, igual que la necesitan su economía y sus instituciones.
Una ciudad puede incorporar tecnología y perder autonomía si, mientras tanto, desaparecen los oficios, los espacios y las redes que le permiten hacer cosas por sí misma.
Muchas de estas decisiones despliegan sus efectos durante décadas. Los tiempos de la gestión, en cambio, se acortan bajo la presión de la urgencia. Hacer sitio al futuro exige reservarle atención antes de que se convierta en un problema inmediato. Observar señales, explorar futuros diferentes y examinar qué ocurriría si nuestros supuestos dejaran de cumplirse permite actuar con más criterio y conservar opciones.
Una estrategia gana solidez cuando conocemos las condiciones en las que podría fallar. Podemos preparar alternativas, reconocer qué proyectos mantienen su utilidad en escenarios distintos y corregir a tiempo los que necesitan otro rumbo. Esa disposición a aprender es una capacidad pública valiosa. Requiere conocimiento sostenido y organizaciones capaces de convertirlo en decisiones.
El futuro necesita, por tanto, espacio dentro de las instituciones: en sus calendarios, en sus presupuestos y en las responsabilidades que asignan. Una propuesta encuentra recorrido cuando alguien debe examinarla, responder y comprometer recursos para llevarla adelante. La continuidad se construye con acuerdos que sobreviven a quienes los impulsaron y con resultados que pueden discutirse y evaluarse.
Abrir ese espacio implica elegir. Los usos compiten, los recursos son limitados y los beneficios se reparten de forma desigual. Una transformación puede mejorar un lugar y dificultar que permanezcan quienes lo hicieron posible. Afrontar estas tensiones exige dirección pública, conocimiento y una conversación que incluya a quienes tienen menos capacidad para hacerse escuchar. También a quienes todavía no están y vivirán con las consecuencias de lo que hoy resolvamos.
En NAIDER entendemos nuestro trabajo en ese terreno: ayudar a reconocer capacidades, relacionar decisiones y acompañar procesos que amplíen las oportunidades de ciudades y territorios. Nos interesa lo que puede surgir cuando el conocimiento se encuentra con una necesidad concreta y con personas dispuestas a actuar. Y nos interesa que esa posibilidad llegue a sostenerse.
Hay razones para mirar hacia delante con ambición. Disponemos de experiencia, de nuevas herramientas y de comunidades capaces de impulsar cambios. Podemos crear condiciones para que un oficio encuentre continuidad, una iniciativa consiga arraigar y una generación pueda construir su proyecto de vida. Podemos transformar lo que tenemos conservando la capacidad de decidir sobre lo que vendrá.
Hacer sitio al futuro es una tarea de cada generación. Recibimos un territorio construido por otras personas y decidimos cuánto margen dejamos a las siguientes. Quienes vienen necesitarán espacio para hacer algo que todavía no sabemos imaginar. Empezar a abrirlo es una responsabilidad nuestra. Y una de las razones más estimulantes para transformar el presente.
Carlos Cuerda
Economista · Socio de NAIDER
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