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Ciudades Esponja: La revolución silenciosa del urbanismo hídrico. Aprendizajes desde China para repensar Bilbao y su territorio.

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Las ciudades esponja son mucho más que una solución de adaptación al riesgo de inundaciones. Permiten mirar la urbe más allá de su aspecto superficial actual, entenderla a través del territorio natural en el que se asienta y rediseñarla en consonancia con las características y el contexto ecológico que la sustenta.

Hace unos meses tuve la oportunidad de viajar a China, más concretamente a la provincia de Hubei. Aunque el destino principal eran los paisajes montañosos de Wudang, cuna del taoísmo y de las artes marciales internas, también pude conocer la inmensidad urbana y periurbana de su capital: Wuhan.

Conocida como la ciudad de los cien lagos, Wuhan es una megalópolis fluvial atravesada por uno de los ríos más grandes y caudalosos del mundo: el río Yangtsé. La ciudad recibió ese sobrenombre por los más de 120 lagos que originalmente albergaba. Sin embargo, en los años 80 comenzó un proceso acelerado de colmatación y artificialización del entorno, reduciendo drásticamente el número de lagos a apenas una treintena.

Tras décadas de lucha contra el agua —con frecuentes inundaciones, especialmente durante el monzón, y elevadísimos costes humanos y materiales—, la política urbanística de Wuhan viró 180 grados. En la última década, la ciudad se ha convertido en uno de los principales referentes del modelo de “ciudad esponja”, tanto en China como a nivel internacional. Wuhan se erigió como pionera de este enfoque, y China, a su vez, como vanguardia global.

Vista de Wuhan. Fotografía: Sino/Getty.

El concepto de “ciudad esponja” surge como respuesta al reto del cambio climático urbano. A medida que los eventos extremos (lluvias torrenciales, inundaciones, olas de calor) se intensifican, muchas ciudades sufren las consecuencias de décadas de urbanismo impermeable: suelos sellados, redes de saneamiento colapsadas, pérdida de ecosistemas fluviales.

Frente a ello, China lanzó en 2015 un ambicioso programa nacional para transformar decenas de ciudades en esponjas urbanas capaces de absorber, retener y reutilizar el agua de lluvia como parte de su metabolismo urbano. Estas ciudades no solo mitigan inundaciones, sino que también mejoran la calidad del aire, fomentan la biodiversidad y elevan la calidad de vida.

El enfoque combina infraestructuras verdes y azules: parques inundables, jardines de lluvia, cubiertas vegetadas, pavimentos permeables, canales naturales o lagunas artificiales. No se trata solo de ingeniería, sino de una nueva sensibilidad urbana: dejar de luchar contra el agua y empezar a vivir con ella.

El caso de Wuhan es tan paradigmático que incluso desde la ventanilla del tren, con una simple mirada curiosa, pude percibir un urbanismo profundamente enraizado en el agua. No solo en su dimensión funcional, sino también simbólica, estética y social. Y aunque Wuhan destaca especialmente, ese viaje me permitió comprobar cómo la relación entre ciudad, territorio y agua se intensifica en toda la provincia y en la vida cotidiana de sus habitantes.

Más allá de la escala y la inversión, lo que realmente impresiona es la integración cotidiana del agua en la vida urbana: paseos ribereños elevados, senderos inundables, grandes parques capaces de almacenar millones de metros cúbicos de agua, zonas deportivas, agrícolas y comerciales junto al cauce… Todo conectado a través de una red de canales que gestionan el agua como bien común. Me sorprendieron los campos de cultivo acuático, huertas atravesadas por canales, personas pescando junto a otras que trabajaban la tierra, meandros fluviales kilométricos, masas de agua integradas con urbanismo vertical y exuberante vegetación, todo ello entretejido por infraestructuras modernas de transporte y comunicación.

En Wudangshan, un pequeño pueblo de montaña, la experiencia fue más sutil, pero igualmente reveladora. Enclavado entre montañas sagradas, el núcleo urbano combina elementos tradicionales de captación de agua de lluvia con lagunas artificiales, terrazas ajardinadas y un urbanismo que se adapta al relieve en lugar de imponerlo. Allí, el agua tiene una función espiritual, ecológica y práctica: refresca, conecta y sostiene. Existen pasarelas sobre los ríos, paseos peatonales dentro de antiguas canalizaciones y espacios públicos donde el contacto directo con la infraestructura azul forma parte de la vida diaria.

En las zonas más rurales de la provincia, los ríos siguen corriendo libres, sin canalizaciones. Los pueblos se integran en el paisaje respetando las zonas de crecida, que se mantienen vírgenes o se utilizan temporalmente para pastoreo o cultivo de arroz, sin poner en riesgo ni a personas ni a infraestructuras.

En definitiva, el agua no es una amenaza que se canaliza ni un recurso que se esconde bajo capas de asfalto. Es parte del paisaje urbano: integrada en parques, paseos, infraestructuras y experiencias cotidianas. Las orillas de los ríos no están valladas ni abandonadas: se caminan, se habitan, se celebran. Esta convivencia fluida entre ciudad y río —que tanto contrasta con el modelo que hemos desarrollado en Euskadi o en muchas urbes europeas— responde a una idea poderosa: la de las ciudades esponja.

Trayendo esta experiencia al territorio que habito, no puedo dejar de pensar en Bilbao. Tanto la ciudad como sus municipios colindantes han desarrollado un continuo urbano sobre un estuario. Salvando las distancias, en muchos sentidos el área metropolitana de Bilbao también es una ciudad de agua. El Nervión-Ibaizabal ha sido testigo y motor de su historia industrial, su decadencia y su regeneración. Sin embargo, seguimos dándole la espalda. El río se percibe como una barrera o como decorado, no como un espacio vivo e integrador.

Si aplicáramos el enfoque de ciudad esponja a nuestro contexto, podríamos imaginar:

  • Paseos ribereños más verdes y accesibles, incluso en márgenes industriales hoy infrautilizadas.
  • Zonas inundables controladas en parques urbanos como Bolueta, Elorrieta, Zorrotzaurre o Punta Zorroza.
  • Calles y plazas con pavimentos drenantes y vegetación adaptada a las lluvias intensas.
  • Un sistema metropolitano de infraestructura azul-verde que conecte el río con sus afluentes y los barrios de la ría.

Este cambio de mirada podría guiar no solo a Bilbao, sino a todo el valle del Nervión aguas arriba con municipios como Etxebarri, Basauri o Arrigorriaga  podrían planificar conjuntamente su resiliencia hídrica, restaurando meandros, conectando cuencas e incorporando soluciones basadas en la naturaleza a escala territorial. Y todos los municipios aguas abajo, en ambos márgenes como Erandio, Barakaldo, Leioa o Sestao podrían avanzar en la recuperación de marismas y zonas inundables, integrándolas como parte del paisaje urbano y ecológico de la ría.

Lo que vi en China no fue solo ingeniería urbana. Fue una nueva relación entre ciudad y naturaleza, entre técnica y sensibilidad. Las ciudades esponja no son únicamente una respuesta al cambio climático; son una oportunidad para repensar cómo habitamos el territorio, cómo diseñamos el espacio público y cómo nos relacionamos con los elementos esenciales de la vida.

Frente a la impermeabilidad física y simbólica de nuestras urbes, el agua nos invita a suavizar, absorber, fluir.

Quizás ha llegado el momento de que nuestras ciudades aprendan a escuchar al agua y que el área metropolitana de Bilbao vuelva a ser el estuario que una vez fue.


Fotografía: Sino/Getty