Una lectura desde la justicia climática y energética en la realidad mediterránea
La transición climática suele asociarse a la reducción de emisiones, las energías renovables o la adaptación frente a fenómenos extremos. Sin embargo, cada vez adquiere mayor relevancia una pregunta distinta: ¿quién soporta los costes del cambio climático y quién puede beneficiarse de las soluciones? Esa es la cuestión que plantean la justicia climática y la justicia energética. La primera analiza cómo las desigualdades condicionan la exposición y la capacidad de adaptación; la segunda, cómo se distribuyen los costes y oportunidades de la transición energética, desde el acceso a viviendas eficientes hasta la capacidad de refrigerarse o reducir la factura energética. Ambas parten de una misma premisa: las crisis climática y energética no afectan por igual a toda la población (IPCC, 2023; IEA, 2025).
Una de sus expresiones menos exploradas aparece en numerosos municipios turísticos del litoral mediterráneo. En estos territorios, el confort climático -la posibilidad de acceder a sombra, ventilación natural, espacios verdes o azules, viviendas adaptadas y espacios públicos habitables- ha formado parte históricamente de su identidad. Su atractivo no residía únicamente en el paisaje, sino también en una forma de habitar basada en calles ventiladas, baja densidad, proximidad al mar y estrategias sencillas de adaptación al calor, como persianas, patios, arbolado o ventilación nocturna.
Ese equilibrio empieza a tensionarse en un contexto de veranos más largos y episodios de calor más intensos, especialmente en una región mediterránea que el IPCC identifica como especialmente vulnerable al calentamiento, con olas de calor más prolongadas, mayor sequía y riesgos costeros crecientes (IPCC, 2022). Pero el desequilibrio no se explica solo por el aumento de las temperaturas. También tiene que ver con la forma en que algunos destinos transforman su
espacio urbano, su vivienda y sus usos cotidianos cuando la presión turística crece con rapidez.
La masificación turística no crea por sí sola todas las desigualdades. Muchas ya estaban ahí: diferencias de renta, vivienda, edad, salud, origen migratorio, condiciones laborales o capacidad de acceso a espacios de calidad. Pero puede superponer una nueva capa de presión. Cuando suben los precios de la vivienda, se transforma el comercio cotidiano, se congestiona el espacio público y se orienta parte de la oferta urbana hacia una población temporal con mayor capacidad de gasto, también cambia quién puede disfrutar de la infraestructura cotidiana del confort climático.
Esa infraestructura no siempre tiene forma de gran equipamiento. Puede ser una playa accesible, un paseo marítimo, una terraza arbolada, una plaza ventilada, una biblioteca fresca, una fuente, una calle con sombra o un parque bien mantenido. En episodios de calor extremo, estos espacios funcionan como una red informal de adaptación climática. Si están saturados, encarecidos o excesivamente orientados al consumo turístico, su función cotidiana de alivio se debilita para quienes residen en el municipio todo el año.
Aquí aparece una dimensión sutil pero relevante de la gentrificación verde y azul. Los espacios ambientalmente más valiosos, como la sombra, el litoral, la brisa, el arbolado o la cercanía al agua, aumentan su atractivo económico precisamente porque ofrecen bienestar climático. La Agencia Europea de Medio Ambiente advierte que el acceso a espacios verdes y azules urbanos ya presenta desigualdades socioeconómicas en Europa, con efectos sobre salud, bienestar y adaptación climática (EEA, 2022). En territorios turísticos, esa desigualdad puede intensificarse por la saturación estacional y la competencia por los espacios de mayor calidad ambiental.
Esta transformación también modifica las condiciones microclimáticas del propio destino. Más superficies artificiales, mayor ocupación edificatoria, menor permeabilidad del suelo, pérdida de vegetación útil, reducción de ventilación o presión sobre el frente litoral pueden alterar las condiciones que hacían habitable el lugar. El IPCC recuerda que la isla de calor urbana se asocia, entre otros factores, a la acumulación de calor en edificios y superficies artificiales, la reducción de ventilación, la pérdida de vegetación y el calor generado por actividades humanas (IPCC, 2021).
La climatización añade una segunda capa. Las viviendas nuevas, los alojamientos turísticos o las segundas residencias con mayor capacidad de inversión suelen incorporar mejores equipamientos, aislamiento o aire acondicionado. Mientras tanto, parte de la población residente puede vivir en viviendas más antiguas, peor adaptadas al calor o con menor margen económico para asumir consumos eléctricos crecientes. La demanda de refrigeración crece rápidamente, pero el acceso a equipos de climatización sigue siendo desigual por niveles de renta (IEA, 2025).
El riesgo es entrar en un círculo poco visible: más calor urbano impulsa más aire acondicionado; más climatización aumenta la demanda eléctrica y expulsa calor al exterior; y ese calor puede empeorar la incomodidad en patios interiores, calles estrechas o espacios mal ventilados. Cuando la adaptación depende cada vez más de soluciones privadas, el confort térmico deja de ser una condición compartida de habitabilidad y pasa a depender de la renta, la vivienda disponible y la capacidad de pagar energía.
Esta es quizá la cuestión de fondo: no se trata únicamente de turismo, sino de la privatización progresiva del confort climático. Antes, una parte del frescor era un atributo del territorio: la brisa, la sombra, el baño, el paseo, la vivienda adaptada, el espacio público compartido. Hoy, en algunos destinos, ese confort depende cada vez más de la capacidad económica individual: tener una vivienda bien aislada, pagar aire acondicionado, consumir en una terraza sombreada, acceder a una vivienda cerca del mar o poder escapar del calor.
Por eso, hablar de justicia climática y energética en municipios turísticos no significa oponer residentes y visitantes. Significa preguntarse cómo se reparten los beneficios y las cargas de un modelo territorial. Quién accede al confort. Quién paga la saturación. Quién puede refrescarse sin consumir. Quién conserva la posibilidad de vivir el pueblo como hogar y no solo como destino.
La respuesta no pasa por cuestionar el turismo como actividad económica, sino por incorporar la justicia climática y energética a su planificación. El primer paso es planificar el turismo desde la habitabilidad: evaluar la capacidad de carga no solo por número de visitantes, sino por sus efectos sobre vivienda residencial, espacio público, servicios, consumo energético y calidad de vida de quienes viven allí durante todo el año.
El segundo es recuperar el confort climático como bien común. Esto exige proteger y ampliar la infraestructura cotidiana del frescor: sombra continua en recorridos peatonales, vegetación útil, refugios climáticos de proximidad, equipamientos abiertos durante episodios de calor, fuentes, playas accesibles y espacios de estancia que no obliguen siempre al consumo.
El tercero es integrar política urbana, vivienda y energía. Rehabilitar viviendas habituales, mejorar aislamiento, ventilación y protección solar, apoyar soluciones pasivas de refrigeración, impulsar autoconsumo colectivo, reducir pobreza energética estival y ordenar la climatización son medidas tan climáticas como sociales. La Agencia Europea de Medio Ambiente recomienda priorizar estrategias pasivas, enfriamiento urbano y soluciones de bajo consumo para evitar que la adaptación al calor incremente desigualdades y presión energética (EEA, 2022).
Fuentes principales
- IPCC (2021). AR6 Working Group I. Regional Fact Sheet: Urban Areas.
- IPCC (2022). AR6 Working Group II. Cross-Chapter Paper 4: Mediterranean Region.
- IPCC (2023). AR6 Synthesis Report. Summary for Policymakers.
- European Environment Agency (2022). Who benefits from nature in cities? Social inequalities in access to urban green and blue spaces across Europe.
- European Environment Agency (2022). Cooling buildings sustainably in Europe.
- International Energy Agency (2025). Staying cool without overheating the energy system.
- UN Tourism (2018). Overtourism? Understanding and Managing Urban Tourism Growth beyond Perceptions.