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Biodiversidad urbana: el indicador olvidado de la calidad de nuestras ciudades

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Durante décadas hemos medido el éxito de las ciudades a través de indicadores económicos, demográficos o de movilidad. Más recientemente, hemos incorporado variables relacionadas con el clima, la energía o la calidad del aire. Sin embargo, existe un aspecto fundamental para la resiliencia y la habitabilidad urbana que todavía ocupa un lugar secundario en muchas estrategias municipales: la biodiversidad.

La biodiversidad urbana suele asociarse a imágenes de parques, aves o zonas verdes, pero su alcance es mucho mayor. Habla de la capacidad de una ciudad para albergar vida, sostener ecosistemas funcionales y mantener relaciones equilibradas entre las personas y la naturaleza. Una ciudad biodiversa no es únicamente una ciudad más verde; es una ciudad más saludable, más resiliente y mejor preparada para afrontar los desafíos climáticos.

¿Por qué importa la biodiversidad en las ciudades?

Las ciudades concentran cada vez más población, pero también una parte creciente de los impactos ambientales. La expansión urbana, la impermeabilización del suelo o la fragmentación de hábitats han reducido significativamente la presencia de especies y ecosistemas en muchos entornos urbanos.

Sin embargo, la naturaleza sigue desempeñando funciones esenciales dentro de la ciudad. Los polinizadores contribuyen al funcionamiento de parques y huertos urbanos. Las aves ayudan al control biológico de plagas. Los árboles y arbustos generan refugios para numerosas especies mientras mejoran la calidad del aire, reducen el efecto isla de calor) y contribuyen a gestionar el agua de lluvia.

Además, diversos estudios han demostrado que la proximidad a espacios naturales mejora la salud física y mental, reduce el estrés y favorece la cohesión social. La biodiversidad no es un lujo paisajístico; es una infraestructura que genera bienestar.

En este contexto, cada vez más ciudades están empezando a plantearse una pregunta que hasta hace poco apenas aparecía en las agendas urbanas: ¿cómo sabemos si una ciudad es realmente biodiversa?

De contar árboles a medir ecosistemas

Uno de los grandes retos de la biodiversidad urbana es que resulta mucho más compleja de medir que otros aspectos de la sostenibilidad. Durante años nos hemos acostumbrado a contabilizar metros cuadrados de parques o el número de árboles plantados, pero esos indicadores cuentan solo una parte de la historia.

Dos espacios verdes con la misma superficie pueden tener valores ecológicos radicalmente distintos. Un parque dominado por césped ornamental y especies exóticas puede albergar muy poca vida, mientras que otro de menor tamaño, pero con vegetación autóctona, praderas floridas, estratos arbustivos, refugios para fauna, diversidad de hábitats y conexiones con otros espacios naturales, puede convertirse en un auténtico nodo de biodiversidad.

Por ello, organismos internacionales y ciudades pioneras han desarrollado nuevas formas de evaluar la calidad ecológica de los entornos urbanos. Una de las más conocidas es la regla 10-20-30, propuesta por el investigador Frank Santamour. Según esta recomendación, ninguna especie debería representar más del 10% del arbolado urbano, ningún género más del 20% y ninguna familia más del 30%. El objetivo es evitar que una plaga, enfermedad o fenómeno climático pueda afectar de forma masiva a una ciudad excesivamente dependiente de unas pocas especies.

A partir de ahí, cada vez más ciudades incorporan métricas relacionadas con la riqueza de especies, la conectividad ecológica, la presencia de polinizadores, la cobertura arbórea o la diversidad de hábitats. La pregunta ya no es únicamente cuántos árboles tiene una ciudad, sino si esos árboles forman parte de un ecosistema capaz de sostener vida.

Por este motivo han surgido diferentes estándares e indicadores internacionales.

Uno de los más conocidos es el Singapore Index on Cities’ Biodiversity (CBI), desarrollado bajo el Convenio sobre la Diversidad Biológica. Este índice evalúa aspectos como:

  • Diversidad de especies nativas.
  • Conectividad ecológica.
  • Calidad de los ecosistemas urbanos.
  • Gobernanza y gestión de la biodiversidad.
  • Participación ciudadana.

Otro marco de referencia es el utilizado por la iniciativa Nature in Cities de la Unión Europea, que promueve indicadores relacionados con la cobertura vegetal, la conectividad ecológica, la presencia de especies y la accesibilidad a espacios naturales.

Más recientemente, los sistemas de monitorización apoyados en teledetección, sensores ambientales y ciencia ciudadana están permitiendo generar información cada vez más precisa sobre la biodiversidad urbana.

Las ciudades empiezan a compararse por la biodiversidad

Cada vez más municipios incorporan este tipo de métricas en sus estrategias urbanas. Algunas ciudades llevan años avanzando en esta dirección.

Singapur se ha convertido en una referencia mundial con su estrategia City in Nature, integrando corredores ecológicos, cubiertas vegetales y hábitats para fauna en una de las ciudades más densas del planeta.

París está impulsando programas de revegetación masiva y eliminación de superficies impermeables, mientras que Londres monitoriza la evolución de especies y ecosistemas urbanos como parte de su planificación ambiental.

También destacan iniciativas más próximas como el Anillo Verde de Vitoria-Gasteiz, la estrategia Barcelona Natura 2030 o los proyectos de infraestructura verde que se están desarrollando en ciudades como Valencia, Zaragoza o Bilbao.

La pregunta que guía muchas de estas iniciativas ya no es cuántos parques tiene una ciudad, sino cuánta biodiversidad son capaces de albergar esos espacios.

La importancia de los microhábitats

La experiencia demuestra que la biodiversidad urbana depende muchas veces de elementos aparentemente pequeños.

Una charca puede convertirse en refugio para anfibios. Un seto vivo puede facilitar la nidificación de aves y el desplazamiento de pequeños mamíferos. Un tronco muerto puede albergar decenas de especies de insectos y hongos. Un muro de piedra seca puede servir de refugio para reptiles, musgos y plantas rupícolas.

Son infraestructuras modestas, pero extremadamente valiosas desde el punto de vista ecológico.

Por eso muchas actuaciones de renaturalización actuales buscan incrementar la complejidad de los espacios verdes incorporando distintos hábitats y generando oportunidades para que nuevas especies se establezcan.

Del concepto a la práctica: el Parque de la Biodiversidad de Ortuella

La biodiversidad urbana no es una cuestión reservada a las grandes capitales. También puede construirse desde municipios de menor tamaño a través de proyectos concretos de restauración ecológica.

Un ejemplo es el Parque de la Biodiversidad del Barracón, en Ortuella, impulsado por la Asociación Plural Anitzak con la colaboración del Ayuntamiento. El proyecto plantea la creación de un parque periurbano renaturalizado que combine espacios de ocio y educación ambiental con la recuperación activa de hábitats naturales.

Lo interesante del proyecto es que incorpora muchos de los elementos que hoy se consideran esenciales para fomentar la biodiversidad urbana en un mismo espacio: bosques autóctonos, bosquetes de miyawaki, praderas floridas, setos vivos, charcas para anfibios, refugios para reptiles, zonas para polinizadores o corredores ecológicos.

En realidad, el parque funciona como un pequeño laboratorio donde observar cómo la creación de distintos hábitats favorece la aparición de nuevas especies y mejora la calidad ecológica del entorno. Una demostración práctica de que la biodiversidad no depende únicamente de disponer de más zonas verdes, sino de diseñarlas pensando en la vida que pueden albergar.

La biodiversidad como indicador de transición ecológica

A medida que las ciudades avanzan en sus estrategias climáticas, la biodiversidad está dejando de ser un aspecto complementario para convertirse en un indicador de transformación urbana.

Quizá durante décadas hemos medido el progreso de nuestras ciudades por la cantidad de infraestructuras que éramos capaces de construir. Sin embargo, los desafíos ambientales del siglo XXI nos obligan a incorporar una nueva pregunta: ¿cuánta vida somos capaces de recuperar?

Porque cuando aumentan los polinizadores, regresan determinadas aves, aparecen anfibios en una charca urbana o se recuperan especies vegetales autóctonas, no estamos hablando únicamente de naturaleza. Estamos hablando de ciudades más saludables, más resilientes y mejor preparadas para convivir con los retos del futuro, en definitiva, hablamos de ciudades mas habitables.


Imagen principal: Danist Soh